mar

06

sep

2016

Drogas para no pensar

 

 

 

  

 

Cuando uno habla de drogas y drogadictos inevitablemente le viene a la cabeza la imagen del “yonki” tirado en alguna esquina tratando de sobrevivir un día más para conseguir más droga.

 

Nada más lejos de la realidad. Hoy las drogas son muchas y los drogadictos habituales son imposibles de reconocer entre la gente.

Entendiéndose como droga, toda aquella sustancia u objeto que nos controla más que nosotros controlar la sustancia o el objeto.

 

Algunas siguen siendo ilegales: cocaína, cannabis, heroína; otras son legales como el alcohol, las máquinas tragaperras o las apuestas; otras las recetan los médicos: ansiolíticos, hipnóticos; otras son de nueva generación: las nuevas tecnologías… Y podría seguir. Ante las primeras todos nos llevamos las manos a la cabeza si nuestro hij@, marido o esposa las consume, el resto, suelen pasar más o menos inadvertidas.

 

Además de esa capacidad de controlarnos tienen otra cosa en común. Obviamente nos reportan placer o nos evitan el malestar, pero además otra característica importante es que nos evitan pensar demasiado. Pues no está mal diréis… No, si no lo usas como estrategia habitual para este último fin.

 

Actualmente vivimos en una sociedad convulsa, con problemas de paro, trabajos precarios, familias desestructuradas y otros muchos problemas. A lo largo de toda la historia de la humanidad ha habido problemas parecidos, sin embargo,  la manera de enfrentarnos a ellos no siempre ha sido igual.

 

 

Hablaré ahora de las drogas legales, en concreto de las que se recetan y se compran en farmacia los "psicofármacos".

Como terapeutas, recibimos frecuentemente en nuestras consultas personas que demandan medicación para situaciones que en cualquier otro tiempo de nuestra historia hubiera sido impensable solucionar acudiendo a salud mental. Despidos improcedentes, horas abusivas de trabajo, imposibilidad de conciliar la vida familiar y el trabajo…

 

Muchos vienen ya con su propio diagnóstico: depresión, ansiedad generalizada, trastorno de pánico, agorafobia… Como terapeutas, nos resulta difícil luchar con un síntoma o diagnóstico que protege de luchar contra una realidad que en muchos casos, es cuanto menos injusta. 

No suele ser muy bien recibido entre muchos, sobre todo entre aquellos que tienen el poder que se diga “mire no es usted una persona ansiosa, es la sociedad la que presiona, deshumaniza y enferma”.  Algunos te miran y preguntan “¿y qué hago, entonces?” y resulta más frustrante decir todavía “ojalá pudiera decirle, únase a un sindicato, forme una cooperativa con otras personas en la misma situación que usted, busque un abogado…”

Puede que no le sirva de nada, pero desde luego lo que sin duda no resolverá su problema es tomar 5 pastillas distintas, que sí, con suerte, harán que su descanso sea más profundo, sus ataques de pánico desaparezcan,  su estado de ánimo sea mejor, sus obsesiones y compulsiones sean más llevaderas, pero siento decirle que nunca harán que su problema desaparezca.

 

Me recuerda un poco a una fábula muy conocida. La fábula de la rana y el agua caliente:

 

Si ponemos una olla con agua fría (a veces dicen temperatura ambiente) y echamos una rana esta se queda tan tranquila. Y si a continuación empezamos a calentar el agua poco a poco, la rana no reacciona sino que se va acomodando a la temperatura hasta que pierde el sentido y, finalmente, morir achicharrada.

 

Somos nosotros y nuestras “drogas” como esta rana. Nos van anestesiando y a pesar de que las circunstancias se van poniendo cada vez peor, estas drogas consentidas nos impiden cualquier tipo de lucha productiva. Nos vamos adaptando a situaciones de lo más inverosímil hasta que el cuerpo o la mente explota y surge el síntoma y entonces pedimos ayuda para seguir funcionando en la misma dinámica e ir aumentando la dosis. Y más de lo mismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

Elena de Miguel

Psicóloga

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sáb

26

mar

2016

La recompensa de la persistencia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un hombre decidió cavar un pozo en un terreno que poseía. Eligió un lugar y profundizó hasta los cinco metros, pero no encontró agua.

Pensando que aquel no era el sitio idóneo, buscó otro lugar y se esforzó más, llegando hasta los siete metros, pero tampoco esta vez halló agua. Decidió probar una tercera ocasión, en distinto lugar, y cavar aún mucho más, pero cuando llegó a los diez metros, concluyó que en su terreno no había agua, y que lo mejor era venderlo.

Un día fue a visitar al hombre al cual había vendido el terreno, y se encontró con un hermoso pozo.

- “Amigo, mucho has tenido que cavar para encontrar agua. Recuerdo que yo piqué más de veinte metros, y no encontré ni rastro”, dijo el recién llegado.

- “Te equivocas”, contestó el aludido. “La verdad es que yo sólo cavé doce metros, pero a diferencia de ti, siempre lo hice en el mismo sitio.”

 

 

¿Cuántas veces nos pasa ésto? Queremos conseguir algo, lo intentamos mil veces pero al final acabamos desistiendo. Podríamos decir que lo hacemos "a medio gas", porque nuestra experiencia previa nos dice que ya lo hemos intentado previamente y no ha dado resultado.  Piensa si en tu vida actualmente hay alguna ocasión en la que te has podido sentir como el hombre de la historia, con la sensación de ir cavando agujeros y nunca encontrar agua. Piensa también si no te pasará como a él, que nunca te has detenido a cavar con la suficiente  energía y durante el suficiente tiempo. Puede ocurrir por distintos motivos: por falta de motivación, por no creerte capaz de conseguirlo, por miedo a otro fracaso... Lo cierto es que a veces vamos acumulando fracasos por no ser lo suficiente persistentes.  Mi consejo de hoy es que antes de rendirte del todo, intentes cavar una vez más, porque quizá esta vez sí, por fin encuentres el agua que siempre ha estado ahí, solo que un poco más profunda.

 

 

Elena de Miguel

 

 

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vie

08

ene

2016

Instalados en la crítica: 5 pasos para que tu crítica sea constructiva

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Más de una vez he pensado que a veces deberíamos pagar una módica cantidad por cada crítica que hacemos al otro. No me refiero a las críticas constructivas formuladas desde la bondad y la humildad de intentar mostrar al otro una manera distinta de hacer las cosas; si no de la crítica destructiva que destruye sin aportar nada. Quizá si nuestra crítica tuviera un pequeño precio nos pensaríamos dos veces si hacerla o no.

 

 

Actualmente las redes sociales contribuyen a esto, ya que el “anonimato” que ofrecen, permite decir cualquier cosa sin medir el daño que puede hacer a quien lo recibe, pero no solo las redes sociales. Nosotr@s cada día a nuestros familiares, hijos, novias, amigos, compañeros de trabajo, subordinados… “menudas pintas llevas”, “vaya mierda de comida, no me gusta”, “no dices más que tonterías”, “¿no sabes hacerlo mejor?”… Podría seguir pero creo que os hacéis una idea de la cantidad de frases que sin pensar lanzamos al otro sin pensar un momento en cómo se puede sentir con ello.

 

 

Hace poco compartía un artículo que hablaba de los beneficios de estar un mes sin quejarse. Me pregunto cuál podrían ser los beneficios de estar tan solo una semana sin hacer críticas destructivas. Estoy segura que nuestras relaciones claramente mejorarían.

 

 

 

¿ Y Cómo podemos hacer críticas que no dañen?

 

 

1. Escucha con atención a la otra persona y sus motivaciones a la hora de hacer lo que ha hecho. Poniéndote en su lugar. Intentando entender por qué ha hecho lo que ha hecho.  Plantéate también,  si la persona desde su visión tenía alternativa o no. Puede que simplemente actuara así porque no podía hacer otra cosa. Si es así. Es mejor callarte.

 

 

2. Si se te ocurre una manera mejor de hacerlo ofrécela como una alternativa más, siendo consciente de que hay tantas perspectivas como personas y ninguna necesariamente mejor que otra. Si estas muy segur@ de que tu alternativa es mucho mejor que la del otro. Te ruego vuelvas al punto anterior.

 

 

3. Valora el esfuerzo del otro al hacer lo que ha hecho. Si has logrado ponerte en su lugar estoy segura que se te habrán ocurrido unas cuantas virtudes sobre el otro para hacer lo que ha hecho. Valentía, respeto, amor, honestidad… Házselo saber.

 

 

4. Contextualiza la crítica en un momento y acción determinados. Esto es: sé concreto. Y ten en cuenta que cuanto más tiempo pase desde que la situación sucede hasta que tú haces la crítica menos útil le será al otro y más fácil será que surjan mal interpretaciones.

 

 

5. Nunca utilices el verbo “ser”. Ej: “no seas cobarde, dile lo que sientes”, “mira que eres sucio, recoge eso”.  Si te refieres a un rasgo personal y no a la situación concreta automáticamente el otro se pondrá a la defensiva.

 

 

 

Por último un sencillo consejo a la hora de decirlo o no. Piensa y sé sincero contigo mism@ contestado a esta pregunta ¿a quién va a servir más la crítica a ti o al otro? Si es la primera opción la que motiva la crítica te recomiendo callarte. Muchas veces criticamos por diversos motivos que tienen más que ver con una misma que con el otro. Que vean lo inteligente que soy, demostrar poder, o aliviar nuestra propia angustia.

 

 

Ojalá que después de leer esto lo pienses dos veces  a la hora de criticar.

 

 

 

 

 

Elena de Miguel

 

 

 

 

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sáb

26

sep

2015

Personas: Lo que nos hace humanos

Hoy quiero compartir con vosotros un gran proyecto:

 

El cineasta y artista Yann Arthus-Bertrand pasó tres años recogiendo historias de la vida real de 2000 hombres y mujeres de 60 países. Trabajando con un equipo dedicado de traductores, periodistas y cámaras, Yann captura temas muy personales y profundos que nos unen a todos: la lucha contra la pobreza, la guerra y la homofobia y el futuro de nuestro planeta. Todo ello mezclado con momentos de amor y felicidad.

 

A lo largo de 3 horas se muestran historias que nos recuerdan lo que nos une independientemente de culturas, géneros, clase económica… y al mismo tiempo lo que nos separa. Os recomiendo enormemente verlo porque os impresionará y os hará reflexionar sobre lo realmente importante.

 

 

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jue

20

ago

2015

5 libros para reflexionar en verano.


El verano es una época en que muchos aprovechamos para ponernos al día con la lectura y que mejor momento que las vacaciones para poder reflexionar también sobre temas algo más profundos. Aunque agosto se va acercando al final,  aún te queda tiempo para ponerte al día con alguno de los libros que te recomiendo.

 

 

1. Déjame que te cuente. Jorge Bucay

 

 

Mi libro favorito. Un libro fácil de leer y ameno en el que a través de la terapia de Demián, Jorge va relatando breves historias con una moraleja que deberás extraer tú mism@. Especialmente bueno para el verano ya que podrás ir leyendo historias y dejarlo sin perderte.

 

 

2. El Principito. Antoine de Saint-Exupéry

 

 

No puedo evitar incluir este libro en la lista. Porque es un clásico, porque es apto para todas las edades y porque cualquier momento es bueno para leerlo por primera vez o volverlo a leer. Aunque se considera un libro infantil, los temas que toca no lo son en absoluto. Junto al pequeño príncipe se reflexiona sobre la naturaleza humana, las relaciones o el paso del tiempo.

 

 

3. El hombre en busca de sentido. Viktor Frankl

 

 

Aunque es algo más complicado de leer y más duro que los anteriores, sin duda merece la pena. Relata la historia de un campo de concentración vista desde dentro. Con un duro comienzo a lo largo del libro la esperanza va surgiendo y se observa como ésta mantiene viva al personaje.

 

 

4. El alquimista. Paulo Coelho

 

 

Sin duda la obra maestra de Coelho. Narrado como una historia de aventuras, también tiene temática profunda. Un pastor emprende un complicado viaje por tierras lejanas que le transformará.  Sus raíces proceden del cuento de “Las mil y una noches”.

 

 

5. El caballero de la armadura oxidada. Robert Fisher.

 

Uno más ligero para acabar. Una historia que es apta para todos los públicos. Cuenta la historia de un caballero con incapacidad para expresar sus sentimientos. A modo de metáfora narra como la armadura del caballero se va convirtiendo en un obstáculo en su relación con los otros.

 

 

 

 

 

Espero que os gusten y os animo a que incluyáis alguno más en esta lista.

 

 

 

 

 

Elena de Miguel.

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mié

01

jul

2015

La soledad del que sufre

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Todas las personas que acuden al psicólogo sufren. Unas llevan sufriendo más tiempo y otras viven el sufrimiento como algo nuevo.

 

 

Una de las principales quejas de las personas que vemos, es la incomprensión. Se sienten solas ante el sufrimiento. Generalmente las familias, los amigos, incluso muchos médicos intentan tranquilizarles con frases prefabricadas “ya pasará mujer”, “hay gente en peor situación que tú”, “no es para tanto”. El mensaje que la persona que sufre recibe es “no me entiendes”.

 

 

Es difícil hacerse cargo del dolor ajeno, estar ahí, sin huir con alguna frase tranquilizadora porque genera mucha impotencia y la impotencia es la emoción que peor toleramos los seres humanos, ya que nos indica que no podemos hacer nada; y realmente no podemos hacer nada con el dolor ajeno. Cuanto más cercana afectivamente es la persona que sufre más nos cuesta soportarlo obviamente porque su emoción de alguna forma la hacemos nuestra.

 

 

Por eso hay mucha gente que me dice “yo no podría ser psicólogo, no sé cómo puedes soportar oír historias tan duras cada día” y yo les digo, es verdad, es duro porque a veces yo también me reconozco sintiéndome impotente: con un paciente que no mejora, con otro que piensas que quizá podrías haber hecho algo distinto, con otro que no vuelve y no sabes por qué…Sin embargo, nuestra forma de ayudar como seres humanos al que sufre no es otra que permanecer ahí con el dolor ajeno sin evitarlo y sabiendo que es suyo y no nuestro, y precisamente eso es lo que les ayuda.

 

 

 Otras veces son los pacientes los que dicen “te lo cuento a ti porque sé que tú no te vas a asustar con mi dolor”. Esa es la única manera que tenemos de ayudar al que sufre,  mantener esa distancia entre la fusión con la emoción del otro y la indiferencia. No hay una respuesta correcta cuando el otro sufre, es más bien una actitud. Una actitud que indica: “no te preocupes, estoy aquí, puedes llorar y no me voy a asustar, no voy a salir corriendo y puedes volver a hacerlo cuando lo necesites” si este mensaje no verbal llega, lo que se diga a continuación es lo de menos.

 

 

Muchas veces un abrazo sin mediar palabra, cuando es una persona querida quien sufre es la mejor manera de demostrar que estamos ahí.

 

 

 

 

Elena de Miguel

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jue

04

jun

2015

El peligro de querer agradar a todos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mucha de la gente que viene a terapia tiene esta queja: “mi problema es que intento agradar a todos”.  Hay una historia bastante antigua que ilustra muy bien esta dificultad y quería hoy compartirla con vosotros para que podáis llegar a vuestras propias conclusiones.

 

 

 

 

 

 “Había una vez un anciano y un niño que viajaban con un burro de pueblo en pueblo. Puesto que el asno estaba viejo, llegaron a una aldea caminando junto al animal, en vez de montarse en él. Al pasar por la calle principal, un grupo de niños se rió de ellos, gritando: 

-¡Mirad qué par de tontos! Tienen un burro y, en lugar de montarlo, van los dos andando a su lado. Por lo menos, el viejo podría subirse al burro. 

Entonces el anciano se subió al burro y prosiguieron la marcha. Llegaron a otro pueblo y, al transitar entre las casas, algunas personas se llenaron de indignación cuando vieron al viejo sobre el burro y al niño caminando al lado. Entonces dijeron a viva voz: 

-¡Parece mentira! ¡Qué desfachatez! El viejo sentado en el burro y el pobre niño caminando. 

Al salir del pueblo, el anciano y el niño intercambiaron sus puestos. Siguieron haciendo camino hasta llegar a otra aldea. Cuando la gente los vio, exclamaron escandalizados: 

-¡Esto es verdaderamente intolerable! ¿Han visto algo semejante? El muchacho montado en el burro y el pobre anciano caminando a su lado. 

-¡Qué vergüenza! 

Puestas así las cosas, el viejo y el niño compartieron el burro. El fiel jumento llevaba ahora el cuerpo de ambos sobre su lomo. Cruzaron junto a un grupo de campesinos y éstos comenzaron a vociferar: 

-¡Sinvergüenzas! ¿Es que no tienen corazón? ¡Van a reventar al pobre animal! 

Estando ya el burro exhausto, y siendo que aún faltaba mucho para llegar a destino, el anciano y el niño optaron entonces por cargar al flaco burro sobre sus hombros. De este modo llegaron al siguiente pueblo. La gente se apiñó alrededor de ellos. Entre las carcajadas, los pueblerinos se mofaban gritando: 

-Nunca hemos visto gente tan boba. Tienen un burro y, en lugar de montarse sobre él, lo llevan a cuestas. ¡Esto sí que es bueno! ¡Qué par de tontos! 

La gente jamás había visto algo tan ridículo y empezó a seguirlos. 

Al llegar a un puente, el ruido de la multitud asustó al animal que empezó a forcejear hasta librarse de las ataduras. Tanto hizo que rodó por el puente y cayó en el río. Cuando se repuso, nadó hasta la orilla y fue a buscar refugio en los montes cercanos. 

El molinero, triste, se dio cuenta de que, en su afán por quedar bien con todos, había actuado sin el menor seso y, lo que es peor, había perdido a su querido burro”. 

 

 

 

Te invito a reflexionar:

 

 

 

-          ¿Con qué frecuencia acabas apartándote de tus objetivos para agradar al otro?

 

-          ¿Cómo te sientes después de hacerlo?

 

-         ¿Se te ocurre alguna otra manera de enfrentarte a ello la próxima vez?

 

-         ¿Qué beneficios tendría? ¿Qué costes?

 

-         ¿Quieres hacerlo?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Elena de Miguel

 

 

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dom

14

dic

2014

El enfado: Lecciones de los platos de los gatos

 

 

La emoción de enfado es controvertida. Hay quién no sabe enfadarse o quién se enfada demasiado a menudo.

 

Ya lo decía Aristóteles “enfadarse es muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso ciertamente, no resulta tan sencillo”.

 

A veces resulta útil enfadarse, porque el enfado nos protege de una invasión de nuestros límites. Cuando el enfado sin embargo cumple la función de “demostrar que tengo razón”, quizá no sea tan útil. La mayoría del tiempo no nos paramos a analizar de dónde viene el enfado, que función cumple, que nos lleva a hacer, y quizá como mucho sólo seamos capaces de ver las consecuencias que produce.

 

Para ampliar esta visión, peligrosa, por lo limitada que es, os contaré una historia que puede servir de ejemplo de cómo ampliar nuestra visión, a veces limitada de las cosas.

 

Esta historia la  podéis encontrar en el libro “Mindfulness en la vida cotidiana” de Jon Kabat- Zinn.

 

 

Detesto encontrar los platos de los gatos en el fregadero de la cocina junto a los nuestros. No sé por qué esto me molesta tanto, peor me molesta. Quizá se deba al hecho de no haber tenido ninguna mascota de niño. O quizá a que pienso a que constituye una amenaza para la salud pública (virus y cosas similares, vaya). Cuando decido limpiar los platos de los gatos, primero lavo los nuestros para deja despejado el fregadero y luego los de ellos. El caso es que no me gusta encontrarme los platos de los gatos en el fregadero, y cuando ocurre reacciono de inmediato.

 

 

 

Primero me enfado. A continuación, el enfado se vuelve más personal y lo acabo dirigiendo a quienquiera que piense que es el culpable, que suele ser Myla, mi mujer. Me siento herido porque no respeta mis sentimientos. Le he dicho en infinitas ocasiones que no me gusta encontrarme los platos con comida reseca allí, que me da asco. Le he pedido lo más amablemente que sé que no lo haga, pero con frecuencia lo hace de todos modos. Piensa que es una tontería y que estoy actuando compulsivamente, y cuando va con prisas simplemente  deja los platos de los gatos en remojo en el fregadero.

 

Mi descubrimiento de los platos de los gatos en el fregadero puede terminar en una acalorada discusión, en gran parte porque me siento enfadado y herido y, ante todo, porque tengo la impresión de que mi enfado y mi dolor están justificados, porque sé que yo tengo la razón. ¡Los platos de los gatos no deberían estar en el fregadero! Pero cuando lo están el proceso de construcción del yo llega a ser muy intenso en mí.

 

Recientemente he advertido que esta situación no me saca tanto de quicio. No es que haya hecho nada concreto para intentar cambiar mi forma de relacionarme con ello. Sigo sintiendo lo mismo en relación a que los platos de los gatos estén en el fregadero, pero, de algún modo, también veo toda la situación de un modo distinto, con una mayor conciencia y con mucho más sentido del humor. Ahora cuando ocurre, y sigue ocurriendo con una frecuencia irritante, tomo conciencia de mi reacción en el mismo instante en que tiene lugar y puedo mirarla. “Esto es lo que hay”, me recuerdo a mí mismo.

 

Observo el enfado mientras empieza a emerger en mí. Resulta que va precedido de una leve sensación de repugnancia. A continuación noto como despierta en mí la sensación de haber sido traicionado, que ya no es tan leve. Algún miembro de mi familia no ha respetado mi petición, y yo me lo estoy tomando de manera muy personal. Después de todo, el resto de la familia debería tener en cuenta mis sentimientos, ¿no es así?

 

He aceptado el reto de experimentar con las reacciones que tengo ante el fregadero de la cocina observándolas con gran detalle y sin permitir que determinen mis acciones.  Puedo dar fe de que la sensación inicial de repugnancia no es, ni mucho menos, tan mala; si permanezco con ella, respiro con ella y simplemente me permito sentirla, en realidad desaparece en un par de segundos. También he notado que es la sensación de traición, de que hayan frustrado mis deseos, la que me pone furioso, mucho más que lo platos de los gatos en sí. Así pues, descubro que en realidad no son los platos en sí el origen de mi enfado. Lo cual es muy distinto de los platos de los gatos. ¡Ajá!.

 

Entonces recuerdo que mi mujer y mis hijos ven todo esto de forma muy diferente. Piensan que estoy haciendo una montaña de un grano de arena. Y, si bien intentan respetar mis deseos cuando los consideran razonables, en otros momentos no les parecen razonables y simplemente hacen las cosas a su manera, quizás incluso sin pensar en mí lo más mínimo.

 

Así pues, he dejado de tomármelo de forma personal. Cuando realmente no quiero que los platos de los gatos estén en el fregadero, me remango y los limpio en ese preciso momento. Si  no, simplemente los dejo allí y me voy. Ya no tenemos peleas en relación a esto. De hecho, ahora siempre que me encuentro con esos desagradables objetos en el fregadero, me sonrío. Después de todo, me ha enseñado mucho.

 

 

 

Elena de Miguel

 

 

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mié

26

nov

2014

Cámbiame pero no quiero cambiar. La resistencia al cambio

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Extraño título pensarán algunos para comenzar un artículo. Pocas veces un paciente te dirá algo como esto en consulta, sin embargo en nuestro fuero interno los psicólogos tenemos esta sensación con más de un paciente. Sobre todo en la sanidad pública donde el modelo médico es muy importante y el paciente acude al psicólogo pensando “que tiene respuestas a sus preguntas”. Algunos se llevan un “chasco” cuando les planteas que nuestra herramienta principal es la pregunta, que con nuestras preguntas pretendemos que lleguen a crear sus propias buenas respuestas.

 

Podríamos entonces preguntar inocentemente ¿por qué haces esto? ¿Por qué te encierras en tu casa y no sales, por qué no te divorcias, por qué no dejas de fumar? Y encontraríamos mil y una justificaciones distintas  porque no puedo, porque no sé como hacerlo, porque soy así…

 

Probablemente esto no nos lleve a ningún sitio. Podemos plantear a continuación otra duda ¿para qué lo haces? O ¿cómo lo haces o cómo no lo haces? En muchos casos el paciente seguirá dándote justificaciones acerca de por qué o por qué no debería hacerlo. Entonces insistes en que te hablen de la utilidad, del proceso en que ese hábito se mantiene.

 

Estas últimas preguntas podríamos decir que son más potentes aunque sólo sea por el hecho de que la persona probablemente nunca se haya parado a pensar en ello; y la primera respuesta que le salga sea “para nada”. Y nosotros insistiremos, “ya sí, pero el caso es que lo haces, con lo cual seamos “retorcidos” pensemos en para qué te sirve ser una madre pesada, para qué te sirve estar enfadado, discutir…”

Siguiendo en esta línea puede que descubramos cosas… Que discutir es la única manera en que me comunico con mi marido, que estar enfadado hace que los otros se acerquen a mí con cuidado, que ser una madre pesada me protege de la culpa o del miedo si a mi hijo le pasara algo y no se lo he recordado 50 veces… Esto son sólo ejemplos pero te invito a que te plantees tus propias preguntas para aquellas cosas que quieres cambiar pero no te decides a hacerlo.

 

La resistencia al cambio es un hecho. Aunque solo sea por cumplir ese viejo refrán de “más vale malo conocido que bueno por conocer” las personas tendemos a continuar haciendo lo mismo a pesar de las consecuencias nefastas que en muchos casos tiene.

Seamos sinceros, para algo sirve, aunque solo sea para evitar un mal mayor.

 

 

¿Cómo cambiar entonces? En primer lugar debemos ser conscientes que ese hábito ya no funciona. Por ejemplo ser una madre pesada me ha podido servir cuando los hijos eran pequeños porque les evitaba peligros pero cuando son adolescentes me lleva a estar discutiendo a todas horas.

En segundo lugar debemos conocer aquella necesidad que está cubriendo o aquel peligro que está evitando mi conducta. Por ejemplo podré ser consciente de ese miedo propio que me lleva a proteger a mis hijos. En este momento se produce un cambio. Me hago responsable. El miedo es mío. Y esto me llevará a plantearme la siguiente pregunta siguiendo con este ejemplo ¿qué hago con mi miedo para que no perjudique a mi relación con mi hijo? Si me planteo esta pregunta tendré un nuevo campo de acción abierto.

 

Esta pregunta y las respuestas que se deriven de ella no hubieran sido posibles sin entender para qué me está sirviendo ser una pesada y sin asumir la responsabilidad de lo que está pasando. Esto obviamente no resuelve el problema, sin embargo nos puede sacar del aprieto de asumir lo que quiero cambiar y lo que está en mi mano cambiar y lo que no quiero cambiar o no depende de mi cambiar.

Existe una frase muy buena relacionada con esto y que quiero dejaros para terminar.

 

 

“Concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que puedo cambiar y la sabiduría para reconocer la diferencia”

 

 

Elena de Miguel

 

 

 

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mar

28

oct

2014

¿Quién dirige tu vida?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ya hemos mencionado alguna vez aquí, que la vida de vez en cuando implica dolor. Hay gente que se queda atascada en el dolor y sufre más aún por no poder librarse de él. Se sumergen en una especie de lucha, que puede no acabar nunca.

 

Suele pasar que cuando uno sufre no puede ver otra cosa y el sufrimiento ocupa la primera posición en cuanto a energía y tiempo dedicado al día. Esto indirectamente implica que poco a poco la vida se va reduciendo, va perdiendo vitalidad, se convierte, a veces,  en mera supervivencia ¿pero es posible seguir incluso con sufrimiento?

 

Parece que sí, hay gente que ha tenido duras pérdidas, ha sufrido accidentes, abusos, injusticias y ha seguido. Pero, y si estás pasando ahora mismo por un momento de dolor ¿qué te puede ayudar?

 

Quizá leer esta historia te ayude a reflexionar:

 

 

Imagina que vas conduciendo el autobús de “tu vida”. Como en cualquier autobús, a medida que sigues tu ruta, vas recogiendo pasajeros.

 

En este caso, tus pasajeros son tus recuerdos, sensaciones corporales, emociones condicionadas, pensamientos programados, impulsos generados históricamente y cosas por el estilo.

 

Has recogido algunos pasajeros que te caen bien, como esas dulces ancianitas que te gusta que tomen asiendo hacia delante, cerca de ti. También has recogido algunos que no te gustan: tienen el aspecto de miembros peligrosos de una banda y tú hubieras preferido que tomaran otro autobús.

 

Es probable que hayas pasado mucho tiempo intentando echar del autobús a determinados viajeros, hacer que cambiaran de aspecto o que se hicieran menos visibles. Por ejemplo, quien sufre trastornos de ansiedad, compulsiones o sentimientos dolorosos de tristeza, lo más probable es que ya haya intentado parar el autobús para hacer que se bajaran esos pasajeros.

 

Cuando tienes sentimientos, recuerdos o sensaciones desagradables lo que  intentarás  será bajar a esos pasajeros. La primera cosa que sueles hacer para conseguirlo es detener el autobús; tuviste que dejar tu vida en suspenso mientras te centrabas en la lucha. Y, lo más probable, es que los viajeros indeseables no se apearan como resultado de esa lucha.

 

Los pasajeros tienen su propia mente; además, el tiempo transcurre en una sola dirección, no en dos. Un recuerdo penoso, una vez que ha subido al autobús, ya se queda en el autobús para siempre. A menos que te practiquen una lobotomía, ese pasajero no va a marcharse.

 

Una vez que hemos comprobado que nuestros viajeros, sencillamente, no van a apearse, como último recurso nos centramos en su aspecto y visibilidad. Si tenemos un pensamiento negativo, intentamos maquillarlo un poco, retocando una palabra aquí, un matiz allá. Pero somos seres históricos. Cuando discutimos o intentamos cambiar a los viajeros de nuestro autobús, lo único que hacemos es añadirles aún más cosas. Es como encontrarse con un miembro de una banda y obligarle a que se ponga traje y corbata para que no parezca tan malencarado. Pero en nuestra memoria, al final, el bandido sigue viviendo con su aspecto original. Incluso aunque lleve un traje caro y una corbata, en el fondo, sabemos que no ha cambiado demasiado.

 

Una vez que hemos agotado todas las posibilidades, lo que solemos hacer es intentar llegar a un acuerdo con los pasajeros del autobús. Procuramos que los menos peligrosos se hundan en sus asientos al fondo, con la esperanza de que, por lo menos, no tengamos que verlos demasiado a menudo. Tal vez hasta nos imaginemos que se han esfumado del todo. Inventamos formas de evitar saber que los viajeros que nos dan miedo siguen en el autobús. Evitamos. Tomamos drogas legales. Negamos. Puedes intentar muchas maneras de ocultar tu ansiedad, depresión o baja autoestima, pidiéndoles a esos pensamientos y sentimientos que se hundan en el asiento de atrás.

 

Pero el coste de esta estrategia es elevado: renunciar a tu libertad. Para conseguir que tales indeseables pasajeros se mantengan lejos de tu vista, les propones este lamentable trato: Si ellos se mantienen agazapados y ocultos, tú los conducirás a donde ellos quieran ir.

 

Por ejemplo, para conseguir que por ejemplo la fobia social se vaya a la parte de atrás del autobús, tú puedes evitar estar con gente en situaciones en las que te parece que puedes quedaren evidencia y que te dan miedo; cuando aparece la oportunidad de relacionarte con otra gente, la rechazas o te escudas en un tipo de relación a la defensiva y tímida. Solo para conseguir que ese amenazador pasajero, la fobia social, no asome la cabeza. Incluso aunque esta última estrategia parezca funcionar hasta cierto punto, es a costa de un precio muy elevado. Cuando vas a donde los viajeros te dicen que vayas, has perdido el control del autobús de “tu vida”.

 

Cuando subes a un autobús, verás que en la parte superior lleva un cartel en el que se especifica a dónde va el autobús. Los pasajeros que suban a ese autobús irán a ese destino. Así, el destino del autobús no depende del capricho de cada momento de los pasajeros sino que corresponde a los propietarios de la compañía y a los conductores determinar el destino y llevar hasta allí el vehículo. Por eso, este es el momento de determinar a dónde quieres que se dirija ese autobús llamado “tu vida”. ¿Qué vas a decidir poner en su letrero? ¿Cuál es tu ruta?

 

(Extraído de “Sal de tu mente y entra en tu vida” C.Hayes)

 

 

Efectivamente descubrir tu ruta no es algo fácil. Implica pensar en el camino que has seguido hasta ahora y asomarse al vértigo de mirar adelante. El miedo será un pasajero habitual en este autobús que describíamos ¿pero te atreves a seguir incluso con miedo?

 

 

Elena de Miguel

 

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jue

10

jul

2014

La invisibilidad del niño triste

El otro día en consulta, una madre venía acompañada de su hijo.

 

 

Un niño según ella muy bueno, “si lo dejas ahí solo tú tranquila que no se va a mover” ¡Qué suerte! Pensaran aquellos que tienen hijos movidos y que tienen que andar con 100 ojos para que no haga alguna de las suyas. Lo cierto es que si observabas la expresión de este niño no pasaba inadvertido que estaba triste.

 

 



Lo normal en un niño pequeño hasta que ya entienden mejor las “normas sociales” es que no pare quieto, que canturre, que juegue…
Los niños tristes normalmente suelen pasar desadvertidos porque son silenciosos, no se mueven demasiado, no exploran demasiado así que en principio no hay peligro para ellos. Incluso en el colegio será más habitual que llamen a la madre de un niño que habla mucho que a la de uno que permanece callado. Puede que empiece a llamar la atención si no hace sus tareas, si no se relaciona, pero en muchos casos se atribuirá a que es vago o introvertido.

 



Hoy quería reivindicar la visibilidad de los niños tristes. Si observa que su hijo es “demasiado bueno”, que prefiere estar encerrado en su habitación solo a salir, que no habla demasiado con compañeros o en familia, préstele atención.

 

 

 Algunos de los signos que nos pueden indicar una depresión infantil son los siguientes:


- Estar continuamente triste, irritable, llorar con facilidad y con rabietas o berrinches frecuentes.
- Pérdida de interés por los juegos o la escuela o cambios en el rendimiento escolar
- Menos energía, cansancio frecuente
- Poca comunicación
- Tendencia al aislamiento
- Expresa baja autoestima, despreciándose a sí mismo (ideas de inutilidad, incapacidad, fealdad…)
- En los juegos elige escenas y finales tristes.
- Alteraciones en el sueño
 - Quejas somáticas (dolores de cabeza, de estómago…)
- Cambios en el apetito y peso habitual

 


¿Cómo proceder si detecto que mi hijo está triste?



Aunque la depresión parece una enfermedad "de personas mayores" cada vez está siendo más frecuente en niños pequeños. Por la situación de crisis, por las familias desestructuradas, por situaciones de bullying, por la pérdida de un ser querido... Cualquiera de estos cambios puede hacer que un niño se deprima.

 


Si detecta varios de los signos y síntomas arriba descritos, el ánimo triste es probable que esté presente en el niño. Comience por interesarse por la vida del niño. Si ha habido algún cambio importante en el colegio o con los compañeros, si alguna situación familiar ha podido afectarle. A veces se les oculta información a los niños de cosas que suceden a su alrededor por miedo a que sufran o porque no se sabe cómo explicárselo. Los niños, a su manera, pero siempre son conscientes de lo que pasa. Si no se conversa con ellos, aclarando las dudas que les puedan surgir,  pueden llegar a interpretaciones propias que pueden hacerle mucho más daño.

Imaginemos que unos padres se divorcian y el niño piensa que ha sido por su culpa o que alguien muere y cree que ya no está porque él hizo algo malo. Estas explicaciones que a nosotros pueden parecernos absurdas,  para  los niños desde su egocentrismo infantil se tornan como la única alternativa. Es por ello importante adaptar las explicaciones a su nivel de entendimiento, pero siempre explicar lo que pasa.

 

 


Si tras hablar con él y prestarle atención, el problema persiste lo más recomendable es ponerse en manos de un profesional. Actualmente existen tratamientos psicológicos de sobrada eficacia para problemas de depresión en niños.

 

 

 

Elena de Miguel

Psicóloga y coach

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sáb

24

may

2014

¿Quién soy? Vivir sin máscaras

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Desde que somos pequeños vamos adquiriendo roles y desde fuera nos van diciendo lo que está bien y lo que está mal, cuando somos adolescentes adoptamos papeles para encajar dentro del grupo y cuando empezamos a trabajar nos ocupamos de saber bien qué se espera de nosotros para conservar el nuevo empleo. Este proceso es muy útil y forma parte de nuestra adaptación social pero puede que si no nos cuestionamos de vez en cuando lo que somos, y lo que hacemos, acabemos olvidando quién somos realmente.

 

 

 

Te planteo un ejercicio: Coge una hoja y pon en grande la siguiente pregunta: “¿quién soy?” Sin reflexionar demasiado empieza a apuntar las ideas que vengan a tu cabeza, es probable que empieces por algo así “soy un hombre, una mujer que…” escribe hasta que sientas que no te queda nada por decir.

 

Después vuelve a leer lo que has escrito e intenta identificar qué de lo que has escrito es tuyo y qué parte son mensajes que has ido oyendo durante tu vida y con los que no estás muy de acuerdo. Cuando éramos pequeño podíamos oír mensajes como “eres malo”, “mira este chico que responsable”, “nunca para quieto”…

 

 

Todos estos mensajes van formando parte de lo que somos de una forma tan indistinguible que muchas veces no somos conscientes si es nuestro o son mensajes externos.

 

 

A veces también, la vida nos pone pruebas que nos van endureciendo, para no mostrarnos vulnerables vamos cubriéndonos de capas que ocultan lo que en realidad somos. La idea de "soy fuerte o soy insensible" puede que al verla escrita nos parezca un poco ajena porque quizá es un rol que hemos tomado en algún momento por necesidad y no hemos sabido cuando dejarlo atrás.

 

 

 

Otro problema que tiene esto es que nos impide que la gente cercana nos acepte como realmente somos, porque mostramos una imagen diferente a la nuestra.

 

 

A veces, para evitar el rechazo de otros tomamos roles fijos y difíciles de cambiar “el gracioso”, “el que siempre se ocupa de todo”, “el cotilla”… Y al final lo que pasa es que sufre nuestra autoestima porque al no mostrarnos como somos nadie puede aceptarnos y validar nuestro verdadero yo

 

 

¿Qué pasaría si tomas un tiempo para analizar qué eres y qué no? ¿Cómo te sientes a gusto? ¿Qué valores te corresponden y cuáles no?  ¿Con qué conductas te sientes a gusto y con cuál no?

 

 

¿Qué crees que pasaría en tu entorno próximo?

 

 

Al principio puede que a la gente le choque el cambio que implica comportarnos como realmente somos, libre de máscaras y capas, porque ya no somos tan predecibles para ellos, pero para nosotros supone quitarnos un peso de encima, como aquel que lleva una careta que muestra siempre la misma cara y de repente ve que puede reir y llorar, que puede enfadarse, puede decir “no” sin miedo…

 

 

Hoy mi intención desde aquí es que te animes primero a descubrir quién eres y después a experimentar qué se siente siendo auténtico, sin duda te sorprenderá.

 

 

 

Elena de Miguel

Psicóloga y coach

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mar

25

mar

2014

El proceso de cambio

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Normalmente cuando alguien acude a terapia o a coaching tras la demanda inicial viene encubierta la idea del cambio. Unas veces de una manera más clara y otras de una forma más difusa.

 

 

“Me siento triste → Me gustaría sentirme mejor” “Quiero encontrar o cambiar de trabajo” “Tengo muchas discusiones con mi pareja → Me gustaría que mi relación de pareja sea más armoniosa”. Estos son algunos ejemplos pero lo cierto es que hay tantos procesos de cambio como personas.

 

 

 

Sin embargo esto no es un camino de rosas, aunque la persona puede ir viendo a lo largo del proceso que lo que necesita es un cambio normalmente nos resistimos a ello. Esto no ocurre sólo cuando se acude al psicólogo, si no que en nuestra vida vemos constantemente como nos aferramos a modos de actuar o responder que pueden resultar disfuncionales. 

 

 

 

¿Por qué ocurre esto?

 

 

Como suele decirse coloquialmente “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Este dicho tiene un poco que ver con lo que nos pasa. Frente a una respuesta nueva que no conocemos, que tendríamos que empezar a construir de 0 y que no sabemos cómo puede resultar, los hábitos se imponen perpetuándose en el tiempo, porque al menos con un hábito sabemos el resultado que vamos a obtener, aunque no sea del todo bueno.

 

 

 A menudo la misma idea de querer provocar el cambio tiene como resultado el efecto contrario. Esto puede verse de forma muy clara en las personas que quieren dejar de fumar y una y otra vez vuelven a lo mismo. Deciden ponerse manos a la obra sin ningún análisis previo de lo que les pasa y muchas veces la ansiedad que conlleva un cambio de tales dimensiones les lleva a desistir.

 

 

 

¿Qué podemos hacer?

 

 

Cuando no sabemos muy bien lo que nos pasa ahora, lo único que tenemos claro es que queremos cambiar, salta  a la vista que nos falta información.

 

 

En el caso de un fumador por ejemplo, antes de proponerme dejarlo puede ser adecuado dedicar un tiempo a  observar en qué ocasiones fumo más: contextos, personas, circunstancias emocionales… Al tener más datos me será más fácil combatirlo.

 

 

Si es algo menos evidente como determinadas formas de actuar o pensar, el proceso es algo más complejo,  pero no deja de ser el mismo. Dedicar tiempo antes de saltar al cambio a observar el proceso que quiero cambiar: mis pensamientos, mis conductas, mis emociones, con qué personas me pasa…

 

 

 

Una vez que somos conscientes del proceso que queremos cambiar, sabremos CÓMO ocurre. No es tan importante saber el ¿por qué ocurre? Que sin embargo parece que es siempre en lo que más energía gastamos “¿Por qué me pasa a mí esto?” “¿Por qué soy así?” El no tener respuestas sobre esto puede frustrarnos más que ayudarnos y desde luego no es imprescindible para cambiar.

 

 

Lo verdaderamente importante es ¿cómo ocurre? Y ¿para qué ocurre? Esta segunda pregunta es más difícil de contestar pero muy importante.  Cualquier conducta, pensamiento, interacción que realizamos la realizamos para lograr algo del medio.

 

 

 ¿Para qué llora un niño? Para obtener la atención de su madre

 

¿Para qué discute una pareja? Para imponer su punto de vista, para conseguir algún beneficio…

 

 

Los motivos pueden ser múltiples pero es necesario ser sinceros con nosotros mismos y ver cuál son los motivos últimos que perseguimos con esas actuaciones. En psicología solemos hablar de beneficios secundarios, en definitiva son aquellos beneficios más o menos ocultos que pueden estar detrás de una conducta aparentemente sin mucho sentido.

 

 

 

Una vez que sabemos ¿cómo ocurre? Y ¿Para qué ocurre? Tendremos que analizar ¿qué queremos cambiar y qué no? Quizá tras analizar esos “beneficios secundarios” nos demos cuenta que hay cosas que queremos conservar y por tanto no vamos a cambiar. O tras nuestros análisis podemos darnos cuenta que hay ciertas cosas que no dependen de nosotros. En ambos casos la actitud sería ACEPTACIÓN. Aceptar esas partes que por el momento ni podemos, ni queremos cambiar.

 

 

 

Después de este análisis tendremos claro aquello que sí queremos cambiar y el proceso completo de cómo ocurre. Alterando este proceso conseguiremos ese esperado cambio.

 

 

Por ejemplo si quiero dejar de fumar y sé que fumo más cuando tomo café puedo evitar tomarlo, puedo evitar llevar tabaco cuando tomo café…

 

 

Si me doy cuenta que discuto con mi pareja cuando tocamos determinados temas, puedo poner especial atención para cortar las discusiones cuando surjan estos temas. O si sé que mi motivación es llevar razón, puedo proponerme ceder en alguna cosa.

 

 

 

Como veis el cambio es un largo proceso que requiere un análisis previo y  podríamos resumir en:

 

 

 “Darse cuenta” poner atención a aquello que quiero cambiar siendo consciente de sus elementos más simples.

 

 

Averiguar para qué lo hago, que me motiva a seguir manteniendo esa conducta.

 

 

Aceptar aquello que no quiero o no puedo cambiar.

 

 

Con todos los datos que obtengo iré modificando los componentes (situación, personas, conductas, pensamientos…) que intervienen en ese proceso.

 

 

 

 

No dejes que tus hábitos te dominen y conviértete en el dueño de tu vida. Como comentaba hace poco por aquí: Cambiar requiere hacer algo distinto.

 

 

 

 

 

Elena de Miguel

Psicóloga y coach

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jue

06

mar

2014

Potenciar la creatividad para resolver tus problemas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pensamos normalmente en el concepto de creatividad como algo excepcional digno de artistas, científicos y gente excéntrica, pero la creatividad es una cualidad humana que puede ser muy útil en la resolución de problemas cotidianos.

 

 

 

Me encanta la frase de Einstein que decía “la locura es pretender un resultado distinto haciendo siempre lo mismo”. Sin embargo es lo que habitualmente hacemos. Muchos de los problemas mentales vienen precisamente de esto, de aplicar un patrón rígido de pensamiento o conducta. Empeñarnos en hacer funcionar algo que ya no lo es o que nunca lo ha sido.

 

 

 

En nuestras relaciones de pareja, en una búsqueda de trabajo o creación de un nuevo negocio la creatividad nos puede dar ese punto que nos diferencia y nos hace especiales.

 

 

¿Qué es creatividad? ¿Qué es ser creativo?

 

 

Ser creativo en definitiva es generar una idea original, es decir, hacer algo distinto a lo que hacemos normalmente y que además sea adaptativo, esto es que sean útiles para la vida de la persona. De nada nos sirve si tenemos una idea muy original pero que no podemos aplicar en nada a nuestra vida. ORIGINAL+ ADAPTATIVO son requisitos igual de importantes.

 

 

 

Esto requiere que miremos la información de una forma distinta a como lo hace la gente. Lo que obviamente nos generará una ventaja frente a ellos.

 

 

 

El proceso creativo requiere de una fase inicial en que observamos el problema y dejamos volar la imaginación. En esta fase es importante que no haya juicios del tipo “esto es absurdo” “esto no vale para nada” si no hacer lo que se llama una tormenta de ideas apuntando todas las ideas que se me ocurran relacionadas con el tema que estamos tratando. Ya habrá tiempo después para quitar las que no sirvan. Ahora solo observo y apunto.

 

 

 

¿Cómo potenciar la creatividad? ¿Es esto posible?

 

 

No sólo se puede, si no que es muy importante tanto en adultos, pero sobretodo en niños ya que están en proceso de desarrollo y puede ayudarles mucho en el futuro.

 

 

En este caso  el ambiente familiar influye mucho. Se trata por tanto de dejar a los niños experimentar, de una manera flexible en sus juegos o en su ambiente escolar. Lo que facilita que desarrollen la creatividad.

 

 

Generar espacios para poder ser creativo. Si un niño esta todo el día con la “play” poca creatividad deja, pero si yo tengo una habitación de juegos más clásicos, con pinturas, si paso tiempo al aire libre…son espacios más propicios para experimentar.

 

 

Otro aspecto muy importante es el sentido del humor. Las personas que ríen con más frecuencia suelen ser más creativos y productivos. Y esto nos lo podemos aplicar todos.

 

 

 

También hay aspectos que la inhiben como la presión de tiempo, el exceso de control, la escasez de alternativas o las elevadas expectativas.

 

 

 

Algunas ideas para ejercitar nuestra creatividad:

 

 

  • Entrenar la generación de ideas: Elegir un tema que me preocupe o me interese y generar 3 nuevas ideas relacionadas con él. Esto me ayudará a tener una perspectiva distinta del tema.

 

  • Romper con los hábitos: se trata de introducir pequeños cambios en nuestra vida diaria que nos permitirán descubrir nuevas formas de pensar, nuevas experiencias… Por ejemplo dirigirnos al trabajo por una nueva ruta, probar nuevas recetas…

 

 

Como ven la creatividad no sólo se puede potenciar si no que además nos puede dar una nueva visión a la hora de resolver nuestros problemas recuerden a Einstein “locura es pretender un resultado distinto haciendo siempre lo mismo”

 

 

 

 

Elena de Miguel

Psicóloga y coach

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mar

04

mar

2014

Calla y escucha

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hoy quería hablaros de cómo podemos mejorar nuestra comunicación, y cómo esta comunicación no sólo pasa por las palabras que utilizamos si no que hay muchos aspectos que dejamos olvidados: uno principal es ESCUCHA. Escuchar implica guardar silencio, algo que en general nos cuesta bastante.

 

 

 

Se organizan multitud de cursos para mejorar nuestras capacidades de hablar, de decir no, ser más asertivos, ser mejores líderes…pero en ninguno de esos cursos nos enseñan a escuchar con atención al otro como requisito previo para tener una buena comunicación.

 

 

 

Y no vale sólo con oír al otro mientras preparo mi argumento para soltarlo, escuchar es algo más, implica prestar atención, requiere empatía, es decir, ponerme en el lugar del otro y entender que me está queriendo decir sin interpretarlo desde mi punto de vista.

 

 

 

Este es un error que cometemos muchas veces, el oír el argumento del otro e interpretar lo que nosotros queremos. Hay que intentar estar atentos porque frecuentemente nos alejamos de lo que ha dicho el otro y sacamos conclusiones que no tienen nada que ver con lo que dijo.

 

 

 

Seguro que todos tenemos un ejemplo en que nos ponemos a discutir por algo con otra persona y acabamos dándonos cuenta de que los dos estamos hablando de lo mismo, pero es que no nos estábamos escuchando.

 

 

 

¿Cómo podemos evitar estos malentendidos?

 

  • En primer lugar escuchar atentamente sin prejuicios la realidad del otro. Los prejuicios son creencias previas nuestras que volcamos en la conversación y que son nuestras pero damos por hecho que también son del otro.

 

Por poner un ejemplo muy absurdo: Si yo creo que los rubios son tontos, estoy hablando con un rubio y  doy por hecho que va a ser tonto entonces quizá lo trate con cierta condescendencia, cambie mi lenguaje… Cuando no tengo ninguna certeza de que así sea

 

  • En segundo lugar hacer preguntas al otro y pedir más detalles sobre lo que ha dicho, este paso tiene dos razones importantes. Por un lado mostramos al otro interés por lo que dice y en el caso de discusiones se vuelve especialmente importante para no sacar nuestras propias conclusiones.

 

  •  Por último hacerle un pequeño resumen de lo que nos ha querido decir. Esto nos permite entender lo principal del tema

 

 

Todos los pasos pueden no ser necesarios para todas las conversaciones, pero creo que los dos primeros SÍ para sentirnos escuchados y que la otra persona sienta que nos interesa lo que está contando.

 

 

Es muy frecuente oír conversaciones en las que uno dice “pues a mí me ha pasado tal cosa y el otro responde pues a mí me pasó algo parecido fíjate…” y comienza con su historia. Sería más adecuado preguntar a la persona por detalles de su historia y no comenzar con otra cosa.

 

 

 

Para terminar te propongo que apliques en tu vida la frase que decía Sócrates hace mucho tiempo: Si tenemos 2 oídos y una boca es para escuchar el doble de lo que hablamos.

 

 

Esto se reduce a una sencilla frase “Calla y escucha”

 

 

 

 

 

 


Elena de Miguel

Psicóloga y coach

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jue

20

feb

2014

Valentía: la conquista del miedo

A veces creemos que la valentía es la ausencia de miedo, pero esto no es cierto. Valentía es enfrentarme y llevar a cabo mi objetivo pese al miedo.

 

 

Supone sabiduría para tampoco cometer temeridades pero eso no quita que tengamos cierta dosis de riesgo; ya que quien es valiente asume que puede fracasar y con ello perder cosas, pero aun así lo hace.

En definitiva ser valiente es salir de mi zona de confort. De lo que conozco.

 

 

Podríamos hablar de 3 facetas en las que podemos ser valientes:

 

 

  • Expresar desacuerdo. Esto es si estamos en un grupo y yo tengo una opinión minoritaria de la que estoy seguro. Sería no ceder a esa presión del grupo y ser capaz de argumentar lo que yo creo. Tendría aquí ciertos puntos en común con la asertividad, defender mis derechos y opiniones.

 

 

  • Superar la adversidad: Es decir en vez de huir de los obstáculos que se me vayan presentando una persona valiente los afrontará, aún como decía al principio a riesgo de perder cosas en el intento.

 

 

  • Por último estaría la valentía que ocurre en circunstancias excepcionales. Este tipo de valentía estaría un poco unida a la generosidad y al altruismo. Serían los ejemplos que vemos a veces en televisión de gente que salva a otros en incendios o cuando están ahogándose… Como digo es algo más excepcional.

 


¿PUEDO SER MÁS VALIENTE?

 

La valentía es una fortaleza y como toda fortaleza puede entrenarse. Así que la respuesta es sí.

 

Por supuesto esto no es un trabajo de un día y uno de repente no hace algo y se vuelve más valiente si no que debe entrenarse con pequeñas acciones.

 

 

Como decía antes tiene cierta vinculación con la asertividad por lo que una manera de “volverme más valiente” por así decirlo, es ser capaz en reuniones de participar, de mostrarme en desacuerdo con el grupo sin miedo al qué dirán. En definitiva sentirme libre para expresar mis convicciones. Al principio puedo hacerlo en grupos más cercanos para luego ser capaz de hacerlo en mi trabajo o con personas que no conozco.

 

 

Otra forma sería por ejemplo identificar una actividad que siempre he querido hacer pero que dejo de hacerla por vergüenza o por miedo. Por ejemplo ir a clases de salsa porque no tengo una pareja con quien ir o ir a teatro cuando a mí siempre me ha gustado hacer teatro pero me da vergüenza.

 

 

Como veis no se trata de grandes acciones, ya que la valentía es una aspecto muy subjetivo. Imaginemos una persona que tiene agorafobia y no es capaz de salir de su casa ¿sería valiente el decidirse a salir y dar una vuelta a la manzana? ¿Sería valiente para una persona que tiene fobia a los perros acercarse a uno? Para otros podrían ser acciones sin importancia pero para estas personas sin duda sería un acto de gran valentía. No pienses por tanto que ser valiente es llevar a cabo grandes hazañas universales, piensa ¿qué sería un reto para mí? Aprende a valorar estos pequeños actos de valentía que estoy segura están presentes en tu día a día.

 

 

Por último un aspecto muy importante a trabajar con la valentía es el miedo al fracaso. Cuando yo me enfrento a algo nuevo sé que puedo fracasar pero me decido a hacerlo porque tras valorar los costes o las pérdidas creo que me compensa lo que podría ganar. Es por tanto necesario reflexionar sobre qué pasaría si fracaso, ¿cómo me llevo yo con los fracasos? ¿He fracasado en algo importante en el pasado? ¿Cómo lo he vivido?

 

Quizá es el momento de valorar ahora lo que he podido aprender de ese fracaso. Y si también me he perdido alguna cosa importante por no superar ese fracaso.

 

 

 

Como digo enfrentarme no me garantiza que va a salir bien, pero ya se sabe lo que dicen. En el futuro solemos recordar más las veces que he dejado de intentar cosas… ese ¿qué hubiera pasado si…? Si hubiera demostrado mi amor a alguien, si me hubiera decidido a empezar ese negocio que me gustaba tanto, si lo hubiera intentado una vez más…

 

 

 

Termino con una frase de un gran personaje que murió hace poco que es Nelson Mandela y nos decía esto sobre la valentía y el miedo:

 

El coraje no es la ausencia de miedo, si no el triunfo sobre él. El hombre valiente no es aquel que no siente miedo, si no el que conquista ese miedo.

 

 

 

 

 

Elena de Miguel

Psicóloga y coach

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lun

17

feb

2014

¿Sabemos hacia dónde nos dirigimos?

Si miramos a nuestro alrededor parece que hay dos sentimientos que nos rodean: la desesperanza y la desmotivación. Desde estos estados es muy difícil decidirse a intentar algo y muchas veces ponemos la excusa de es que tal cómo están las cosas…qué voy a hacer yo.

 

 

 

Ciertamente hay parte de la situación actual que escapa a nuestro control pero nosotros siempre podemos hacer algo.

 

 

 

Cuando una persona no tiene sus necesidades básicas cubiertas es muy difícil  pensar en nada más, su vivencia diaria se dirige solamente a sobrevivir, sin esperanzas en el futuro. Desgraciadamente en esta situación se encuentra cada vez más gente a la que no le queda otra que recurrir a la ayuda comunitaria.

 

 

 

Pero si lo pensamos bien, la mayoría de nosotros, por suerte no estamos en esa situación. Sí tenemos esa seguridad mínima y aunque quizá a veces nuestro futuro sea incierto, en general tenemos esperanza.

 

 

 

¿Por qué no nos movemos entonces?

 

 

Pues muchas veces por miedo a ese entorno en el que nos encontramos sumergidos, a arriesgarnos o equivocarnos con la que está cayendo y otras veces también porque no sabemos dónde dirigirnos.

 

 

 

Lo primero por tanto, antes de ponerme en camino es tener una META, sin una meta somos como el marinero que está en medio del mar sin brújula. Con una brújula siempre sabremos cual es el Norte.

 

 

 

¿Y qué es imprescindible que tenga una meta?

 

 

-          Debe ser específica

 

-          Debe contener una acción

 

-          Realista

 

-          Debe ser medible, objetiva en la medida de lo posible

 

-          Debe inscribirse en un periodo temporal

 

-    Debe suponer un desafío pero sin sobrepasar nuestros  recursos

 

-          Debe ser motivante, debe gustarme

 

 

Por ejemplo una meta podría ser:

 

 

Incrementar un 10% las ventas de mi negocio en un plazo de 3 meses

 

 

 

Entonces debería analizar los parámetros anteriores:

 

 

¿Es algo específico? Parece que sí

 

¿Contiene una acción? Sí, lo que quiero es incrementar mis ventas

 

¿Es realista? Pues tengo esperanza en que así sea (aquí deberé establecer un plan de acción de cómo voy a lograr ese objetivo y ver si es realista)

 

¿Es medible? Sí un 10% más de lo que tengo ahora. Esto no es tan claro en todas las metas pero sí intentar que en la medida de lo posible sea objetivo para saber cuándo lo he conseguido.

 

¿Tengo un periodo temporal? Sí, 3 meses

 

¿Es para mí un desafío sin superar mis recursos? Sí (aquí debería analizar primero cuales son mis recursos tanto internos como externos y si no dispongo de ellos ajustar mi meta a ellos.)

 

¿Me motiva? Por supuesto

 

 

 

El hecho de tener una META a uno ya le da una guía de viaje, y en sí mismo resulta motivante y mejora nuestro nivel de bienestar. Nos permite aprender, crecer, comprometernos con algo y genera acción. Además nos va proporcionando feedback al analizar si nos estamos acercando a esa meta o por el contrario nos alejamos.

 

 

 

 

Así que ya sabes  antes de ponerte en marcha, ten claro el objetivo al que te diriges. Cuando lo tengas claro y hayas llevado a cabo este análisis que te propongo ya no hay más excusas es el momento de ir a por ella.

 

 

 


Elena de Miguel

Psicóloga y coach

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mar

11

feb

2014

"Yo puedo con todo"

Cuantas veces nos hemos repetido mentalmente esta frase, como un mantra, intentando creer que es verdad que “yo controlo”. Sin embargo la experiencia nos pone los pies en la tierra:

No tenemos el control de todo. Frecuentemente hay cosas que se nos escapan, frente a las cuales no somos expertos y ante las que no queda otra, que pedir ayuda.

 

 

¡Cuánto nos cuesta dar este paso!

 

 

Debemos confiar en el otro y por qué no, ser humildes para aceptar que yo, no soy capaz.

 

 

Humildad, bendita virtud infravalorada en una sociedad que nos enseña a sobrepasar al otro, a admirar a los que son aplaudidos y a los que tienen poder. Olvidamos que seguramente ellos en muchos momentos de su vida también tuvieron que pedir ayuda.

 

 

El problema de esta frase no está en el “Yo puedo” porque es importante sentirme seguro para emprender metas; si tengo miedo, si me siento inseguro probablemente me quedaría en el sitio, no me movería. La falta de control en nuestra vida causa estragos y en grandes cantidades nos puede llevar a depresión o ansiedad. 

 

 

 

El problema está en el TODO. Las generalizaciones normalmente suelen estar equivocadas. Nuestra vida es tan amplia que indudablemente habrá cosas que escapen a nuestro control. La incertidumbre forma parte de nuestra existencia. La incertidumbre frecuentemente conlleva emociones negativas, pero estas emociones debemos aceptarlas como parte de nuestra vida. Como se suele decir la noche implica que habrá día y la luz conlleva sombras. Para vivir una experiencia plena es necesario aceptar ambas.

 

 

 

Por ello si alguna vez te encuentras repitiendo estas palabras en tu mente te recomiendo que pares, que eches un vistazo a tu vida y analices si quizá estás arrastrando cosas que se te escapan, que no vas a poder abordar y sea el momento de pedir ayuda o de soltar algo. Seguro que la próxima vez que alguien te pida ayuda sabrás valorar el importante paso que supone el darse cuenta de que “yo no soy capaz”

 

 

 

 

Elena de Miguel


Psicóloga y coach

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dom

08

sep

2013

Altruismo en tiempo de crisis

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dom

04

ago

2013

No descuides tu jardín

Numerosas veces tratamos de luchar contra pensamientos que nos atormentan, nos quejamos de lo que hace nuestro hijo o nuestro marido, del dolor de cabeza o de pierna, de la vida que nos ha tocado vivir.

 

 

Gastamos energía en cosas que no depende de nosotros cambiar  y nos atormentamos pensando ¡Cuánto mejor sería mi vida si eso desapareciera!

 

 

Mientras nuestra lucha implacable prosigue vamos dejando de lado cosas importantes:

A veces obligaciones, a veces relaciones importantes, a veces hobbies… Porque entre tanta lucha con aquello que nos obsesiona, que nos quita el sueño, ya no queda tiempo para mucho más y mientras esperamos que el hada madrina aparezca para librarnos de eso que nos atormenta, nuestra vida cada vez es más y más limitada.

   

 

Ilustrémoslo con una metáfora:

 

 

Imaginemos que tenemos un jardín precioso, que un día empieza a llenarse de malas hierbas, al principio son una o dos, así que nos dedicamos a arrancarlas. A la semana siguiente las malas hierbas se van multiplicando y nos cuesta horas acabar con todas. Al año siguiente miramos nuestro jardín y vemos como las plantas que antes lucían esplendorosas se han secado, porque mientras arrancábamos nuestras malas hierbas nos hemos olvidado de ellas. Comprobamos con frustración como todos nuestros esfuerzos han sido en vano, ahí siguen las malas hierbas y el resto del jardín por falta de cuidados se ha secado.

 

 

¿Qué conclusión sacas de esto? ¿Consiste entonces en luchar con más ahínco contra las malas hierbas o quizá es necesario aceptar la convivencia pacífica de las malas hierbas en nuestro hermoso jardín?

 

 

Esto es nuestra vida, un jardín en el que inevitablemente surgirán malas hierbas depende de nosotros descuidar el resto del jardín para acabar con ellas sin éxito o seguir cuidando aquello que es importante aceptando que  a veces la vida nos hace sufrir.

 

 

Hoy te invito a pensar en todas aquellas cosas que estás dejando descuidadas por acabar con malas hierbas y te animo a empezar a regarlas de nuevo con tiempo y con cariño, quizá todavía no es tarde para recuperar tu jardín.

 

 

 

Elena de Miguel

Psicóloga y coach

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lun

22

jul

2013

Eres más bella de lo que crees

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mar

16

jul

2013

cerrando ciclos: LAS ETAPAS

 

 

 

Hoy os dejo una bonita reflexión del gran escritor Paulo Coelho.

 

 

Una de las causas de neurosis según la Gestalt son los asuntos inconclusos, es decir aquellos asuntos que nos persiguen a través del tiempo y no somos capaces de cerrar.

 

 

Los vamos dejando de lado, sin embargo aunque creamos que ya no nos afectan, nos van restando energía. Hay por tanto que dedicarles tiempo y solucionarlos de una vez por todas, aunque suponga tiempo y sobretodo aunque suponga dolor.

 



Siempre es preciso saber cuándo se acaba una etapa de la vida.

Si insistes en permanecer en ella, más allá del tiempo necesario, pierdes la alegría y el sentido del resto. Cerrando círculos, o cerrando puertas, o cerrando capítulos. Como quiera llamarlo, lo importante es poder cerrarlos, dejar ir momentos de la vida que se van clausurando.

¿Terminó con su trabajo?, ¿Se acabó la relación?, ¿Ya no vive más en esa casa?, ¿Debe irse de viaje?, ¿La amistad se acabó?

Puede pasarse mucho tiempo de su presente "revolcándose" en los porqués, en devolver el casette y tratar de entender por qué sucedió tal o cual hecho.

El desgaste va a ser infinito porque en la vida, usted, yo, su amigo, sus hijos, sus hermanas, todos y todas estamos abocados a ir cerrando capítulos, a pasar la hoja, a terminar con etapas, o con momentos de la Vida y seguir adelante.

No podemos estar en el presente añorando el pasado. Ni siquiera preguntándonos por qué. Lo que sucedió, sucedió, y hay que soltar, hay que desprenderse.

No podemos ser niños eternos, ni adolescentes tardíos, ni empleados de empresas inexistentes, ni tener vínculos con quien no quiere estar vinculado a nosotros.

El desgaste va a ser infinito porque en la vida, usted, yo, su amigo, sus hijos, sus hermanas, todos y todas estamos abocados a ir cerrando capítulos, a pasar la hoja, a terminar con etapas, o con momentos de la Vida y seguir adelante.

¡Los hechos pasan y hay que dejarlos ir! Por eso a veces es tan importante destruir recuerdos, regalar presentes, cambiar de casa, documentos por tirar, libros por vender o regalar. Los cambios externos pueden simbolizar procesos interiores de superación. Dejar ir, soltar, desprenderse. En la vida nadie juega con las cartas marcadas, y hay que aprender a perder y a ganar. Hay que dejar ir, hay que pasar la hoja, hay que vivir con sólo lo que tenemos en el presente!. El pasado ya pasó.

No esperen que le devuelvan, no espere que le reconozcan, no espere que alguna vez se den cuenta de quién es usted. Suelte el resentimiento, el prender "su televisor personal" para darle y darle al asunto, lo único que consigue es dañarlo mentalmente, envenenarlo, amargarlo.

 

La vida está para adelante, nunca para atrás. Porque si usted anda por la vida dejando "puertas abiertas", por si acaso, nunca podrá desprenderse ni vivir lo de hoy con satisfacción.

Noviazgos o amistades que no clausuran, posibilidades de "regresar" (a qué?), necesidad de aclaraciones, palabras que no se dijeron, silencios que lo invadieron. ¡Si puede enfrentarlos ya y ahora, hágalo!, si no, déjelo ir, cierre capítulos. Dígase a usted mismo que no, que no vuelve.

Pero no por orgullo ni soberbia, sino porque usted ya no encaja allí, en ese lugar, en ese corazón, en esa habitación, en esa casa, en ese escritorio, en ese oficio. Usted ya no es el mismo que se fue, hace dos días, hace tres meses, hace un año, por lo tanto, no hay nada a que volver. Cierre la puerta, pase la hoja, cierre el círculo. Ni usted será el mismo, ni el entorno al que regresa será igual, porque en la vida nada se queda quieto, nada es estático.

Es salud mental, amor por usted mismo desprender lo que ya no está en su vida. Recuerde que nada ni nadie es indispensable. Ni una persona, ni un lugar, ni un trabajo, nada es vital para vivir porque: cuando usted vino a este mundo 'llegó' sin ese adhesivo, por lo tanto es "costumbre" vivir pegado a él, y es un trabajo personal aprender a vivir sin él, sin el adhesivo humano o físico que hoy le duele dejar ir. Es un proceso de aprender a desprenderse y, humanamente se puede lograr porque, le repito, ¡nada ni nadie nos es indispensable! Sólo es costumbre, apego, necesidad.

Pero .... cierre, clausure, limpie, tire, oxigene, despréndase, sacuda, suelte. Hay tantas palabras para significar salud mental y cualquiera que sea la que escoja, le ayudará definitivamente a seguir para adelante con tranquilidad.

¡Esa es la vida!

 

 

Paulo Coelho

 

 

 

Elena de Miguel

Psicóloga y coach

 

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lun

08

jul

2013

Nada de medias naranjas

Perls lo escribió hace tiempo pero nos es válido para nuestras relaciones actuales.

 

 

No debe llevarse al extremo del egoísmo de preocuparse sólo por lo propio y olvidarnos del otro, si no de ser honestos con nosotros mismos y con el otro.

 

 

Cuanto daño ha hecho eso de la media naranja, nos lleva a pasar la vida buscando una media naranja que puede que no aparezca y que si realmente aparece, a falta de una mitad seguramente nos causará problemas. Recordemos que nacimos enteros, por ello no podemos buscar en el otro la mitad que nos falta, debemos buscar una parte entera que nos haga crecer y ser mejor personas.

 

 

Esto ya es una conclusión mía pero yo siempre pienso que una relación merece ser mantenida cuando esa relación sume a lo que ya somos, seres completos, nos haga ser mejores. Cuando una relación empieza a restarnos energía por discusiones, por tener que fingir lo que no soy, por querer cambiar al otro…entonces tenemos dos opciones salir de ahí o cambiar algo.

 

 

Sin embargo el cambio debe partir siempre de uno mismo, no de cambiar al otro; ¿qué nos garantiza que cambiando el otro nos gustará más? Si nos enamoramos de esa persona que es hoy porque debería gustarnos más alguien que no conocemos, y ya no sólo eso, ¿quién somos nosotros para cambiar algo que el otro quizá no quiera cambiar? Por eso el cambio debe venir de uno mismo de aceptar si estoy dispuesta eso que nos disgusta del otro, de hablarlo, comunicarnos con el otro para llegar a un acuerdo, pero siempre del dar antes que el pedir.

 

 

Queremos mucho y damos poco.
Queremos comprensión y nos olvidamos de comprender.
Tenemos la certeza de que si el otro cambia seremos felices, y estamos esperando que el otro cambie, para entonces yo quizás dar un pasito.
Las dos personas entran en el mismo juego, y eso causa distancia, abismo, incomunicación, separación

Suzy Stroke

 

 

La relación de pareja es un lugar donde debemos aprender a comunicarnos abiertamente, a mostrarnos tal cual somos y tener claro que estamos dispuestos a aceptar del otro y que no.

Nadie nos enseña esto antes en la vida, es un aprendizaje que debemos hacer ambos.

 

 

Nadie dijo que fuera fácil pero si construimos nuestras relaciones de pareja desde la honestidad, desde el dar antes de pedir a cambio, desde la comunicación, de la aceptación de lo que soy yo y de lo que es el otro quizá obtengamos un resultado distinto.

 

 

Y como dice Perls “si en algún momento o en algún punto nos encontramos, será maravilloso, si no, no puede remediarse”

 

 

 

Elena de Miguel

Psicóloga y coach

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vie

31

may

2013

¡Enfréntate a tus miedos!

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lun

06

may

2013

¿Cuánto tiempo dedicas al ahora?

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jue

02

may

2013

No es lo mismo aceptación que resignación

En nuestros días no estamos acostumbrados a sufrir. Si nos duele la cabeza tomamos una aspirina, si sentimos ansiedad o no podemos dormir tiramos de un lexatin u orfidal. Sin embargo de vez en cuando el sufrimiento es necesario.

 

Cuando tocamos algo con la mano y nos quemamos ese dolor nos recuerda apartar la mano. Cuando vemos un león y echamos a correr el miedo que sentimos activa nuestro organismo para librarnos del peligro.

 

De la misma forma las emociones como la tristeza, decepción, impotencia nos dan un mensaje que no debemos ignorar. Normalmente nos esforzamos por apartar de nosotros esos sentimientos y pensamientos que les acompañan, sin embargo nuestro propósito rara vez se consigue de esta forma, a pesar de que es el consejo que solemos dar habitualmente. “Tú lo que tienes que hacer es calmarte o tú lo que tienes que hacer es no preocuparte por eso”.

 

Tratamos nuestro medio interno como trataríamos el externo. Apartando y huyendo de lo que nos molesta, pero no es eficaz. El único elemento eficaz para dejar de tener un sentimiento desagradable es aceptarlo. Cuando le das a la gente este consejo suele llevarse las manos a la cabeza y decir ¡si hombre cómo voy a aceptar que sufro o que estoy triste! Pero aceptarlo no es lo mismo que conformarnos y quedarnos en el inmovilismo de no hacer nada. Cuando aceptamos una emoción, le damos tiempo a que se muestre a que nos transmita su mensaje, cuando ya la hemos escuchado y sentido en nuestro cuerpo poco a poco se irá diluyendo y desaparecerá. Es entonces el momento de ponernos en marcha, de distraernos y pasar a otra cosa, pero no antes. Ignorarla antes sólo consigue prolongarla en el tiempo.

 

Así que ya sabes, cuando tengas ganas de llorar no tengas miedo y llora, siente ese llanto en todo su esplendor y siente como poco a poco se calma y desaparece. Si acompañamos este proceso observando sin juzgarnos, viviremos la experiencia en toda su intensidad y seremos capaces de abrazar el dolor y luego soltarlo, como haríamos con nuestro mejor amigo.

Y después de todo el proceso no olvides la segunda parte, hay que distraerse y pasar a otra cosa.

 

 

Elena de Miguel

Psicóloga y coach

 

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mar

30

abr

2013

¿A ti qué te hace especial?

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