sáb

26

mar

2016

La recompensa de la persistencia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un hombre decidió cavar un pozo en un terreno que poseía. Eligió un lugar y profundizó hasta los cinco metros, pero no encontró agua.

Pensando que aquel no era el sitio idóneo, buscó otro lugar y se esforzó más, llegando hasta los siete metros, pero tampoco esta vez halló agua. Decidió probar una tercera ocasión, en distinto lugar, y cavar aún mucho más, pero cuando llegó a los diez metros, concluyó que en su terreno no había agua, y que lo mejor era venderlo.

Un día fue a visitar al hombre al cual había vendido el terreno, y se encontró con un hermoso pozo.

- “Amigo, mucho has tenido que cavar para encontrar agua. Recuerdo que yo piqué más de veinte metros, y no encontré ni rastro”, dijo el recién llegado.

- “Te equivocas”, contestó el aludido. “La verdad es que yo sólo cavé doce metros, pero a diferencia de ti, siempre lo hice en el mismo sitio.”

 

 

¿Cuántas veces nos pasa ésto? Queremos conseguir algo, lo intentamos mil veces pero al final acabamos desistiendo. Podríamos decir que lo hacemos "a medio gas", porque nuestra experiencia previa nos dice que ya lo hemos intentado previamente y no ha dado resultado.  Piensa si en tu vida actualmente hay alguna ocasión en la que te has podido sentir como el hombre de la historia, con la sensación de ir cavando agujeros y nunca encontrar agua. Piensa también si no te pasará como a él, que nunca te has detenido a cavar con la suficiente  energía y durante el suficiente tiempo. Puede ocurrir por distintos motivos: por falta de motivación, por no creerte capaz de conseguirlo, por miedo a otro fracaso... Lo cierto es que a veces vamos acumulando fracasos por no ser lo suficiente persistentes.  Mi consejo de hoy es que antes de rendirte del todo, intentes cavar una vez más, porque quizá esta vez sí, por fin encuentres el agua que siempre ha estado ahí, solo que un poco más profunda.

 

 

Elena de Miguel

 

 

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jue

12

nov

2015

Historias dentro de la consulta del psicólogo
























Es difícil explicar lo que ocurre en terapia. El proceso por el cual alguien que sufre por muy diversos motivos acaba pidiendo ayuda a un psicoterapeuta o en el caso de los niños es traído a un psicoterapeuta. ¿Qué ocurre una vez que se cruza la puerta de la consulta?


Se trata de escribir una historia compartida entre paciente y terapeuta. Una historia cuyo protagonista es el paciente y cuyos personajes son muy variados. Yo diría que implica dos cualidades al menos: está teñida con una gran amalgama de emociones y da significado a lo sucedido.


Cada experiencia en terapia es única. Para el paciente y también para el terapeuta, porque no hay dos historias de vida iguales. Ahí reside lo complicado y a la vez lo apasionante de la tarea del psicoterapeuta.



Como es muy dificil describirlo con palabras quiero compartir aquí una de esas historias. Una historia magnífica que aparece en el libro del psicólogo Valentín Escudero “Amenazan con quererme”.

La historia del duelo de una niña que llama Alika por su mamá que murió. Que sirva como ejemplo de una de esas maravillosas historias que a veces tenemos la gran suerte de escuchar como psicoterapeutas.



Nubes


"Mis nubes". Esas dos palabras. Y esta mínima frase en el vértice de sus labios: "Son nuestras nubes, tus nubes, mamá". Una emoción incontenible abraza todo su cuerpo, unas lágrimas invisibles endulzan su lengua como dos gotas de cielo. Alika mira por la ventanilla del avión (su compañero de asiento, que va junto a la ventanilla, está concentrado y murmurando, quizás rezando) y ve las nubes como una inmensa alfombra, maravillosa y acogedora. Cierra los ojos y aparece ella saludando, sentada sobre esa superficie mullida y placentera. Ella, su madre, está ahí sentada, mirándola y moldeando un pedacito de nube.

 

Alika no quiere abrir los ojos, quiere guardar con todo detalle en su memoria esa sonrisa de su madre. Tiene 19 años y está iniciando la que cree será su gran aventura vital, su gran decisión. Acaba de despegar el vuelo transatlántico que la lleva hacia una de las mejores universidades del mundo. Todavía le cuesta creer que lo ha conseguido. Casi todos sus amigos la veían como una soñadora. Nadie negaba su talento, pero sonreían ante sus planes y su incansable indagación en internet para conseguir la beca. “Alika, tus versos no los entienden los blancos”, le decía Bosede, su mejor amiga. Incluso ella misma pensó que todo era un juego mientras lo intentaba. Pero la realidad es que ya está volando. Y era un día gris y nublado al despegar que ahora, mágicamente, es claro y soleado por encima de las nubes.

 

Alika perdió a su madre cuando tenía 11 años por un cáncer que llegó a casa en Navidad, camuflado entre cajas llenas de regalos y cacahuetes nigerianos. Su madre sintió fuertes dolores en la cena de Nochebuena y el día de Carnaval ya estaba vaciando sus últimas dosis de vida en el hospital. Su padre y su hermano mayor fueron los testigos de honor del combate final librado por las células de su madre en ese privado e íntimo campo de batalla que estaba dentro de su abdomen. Pero Alika no pudo ni siquiera despedirse en el hospital porque era demasiado pequeña. Eso escuchó decir, “es muy pequeña para entenderlo”. Ahora sigue siendo pequeña para todos, para su padre y su hermano, para sus tíos y primos, para los chicos que más le gustan, incluso para su mejor amiga. Ella teme que quizás nunca deje de ser pequeña para todos ellos. Por eso se alegra mucho de su perplejidad, todos ellos se han quedado atónitos ante su valentía, su decisión, su coraje. “Y quizás –piensa Alika– por primera vez han entendido que mi talento es para mí una obligación, un mandato de la naturaleza”. Para ella, su talento para unir palabras e inventar historias es la misión prioritaria en su vida. Por eso ganó con diecisiete años un concurso internacional de relatos y vuela hoy hacia ese destino incierto. También por eso tiembla cada mañana, desde que le concedieron la beca para una prestigiosa universidad canadiense, porque nadie puede saber si realmente conseguirá lo que anhela.

 

“Son nuestras nubes, mamá”, repite en silencio mientras sigue imaginando a su madre sin abrir los ojos. Alika es fuerte gracias a las nubes. Las nubes la salvaron de una insufrible melancolía cuando murió su madre. Ahora en el avión, surfeando por encima de ellas, puede rememorar el momento tan decisivo en que se atrevió a contar su secreto en la consulta de aquella psicóloga. Todavía le gusta pensar que la psicóloga no era humana sino un ángel, pero nunca se lo dijo a ella por si le parecía mal. Un año después de la muerte de su madre, su padre decidió que no estaba bien y necesitaba una psicoterapia. Escuchó  como su padre explicaba a la psicóloga que Alika lloraba con frecuencia en soledad y que también, esto parecía ser lo más raro, se quedaba horas tumbada en la playa o en un parque mirando las nubes. “Se abriga bien y busca un sitio para mirar el cielo”, decía su padre con una mezcla de dolor e incredulidad. La fantasía de Alika y su afición a leer relatos africanos e inventar palabras inexistentes fueron el remate final de aquella angustiada queja que su padre descargó sobre la psicóloga como el que se deshace de un pesado saco de patatas.

 

Alika puede ahora recordar que la terapia comenzó de una forma vergonzante y triste para ella, pero la magia surgió en un momento inesperado, y no fue en la primera entrevista sino después de varias sesiones. Ahora que se encuentra volando realmente por encima de las nubes, recuerda con total realismo aquella sencilla pregunta que la psicóloga le hizo con toda naturalidad, y sin perder su habitual amable curiosidad.

 

–¿Por qué te gusta mirar al cielo? ¿Es para hablar con tu madre, para pensar en ella?

 

Alika estaba muy acostumbrada a negarlo y a dar todo tipo de explicaciones falsas pero verosímiles. Sin embargo, en aquella ocasión dijo la verdad. Sin más, y fue fácil.

–Son juguetes que crea mi madre para mi, y juego con ellos.

–¿Juguetes? –preguntó sorprendida la psicóloga, pero sin perder su aura de ángel.

–Gatos, peluches, dragones, muñecas...muchas cosas.

–No sé si te he entendido ¿Los hace tu madre? ¿Esos juguetes?

–Sí, con las nubes.

La psicóloga estaba sorprendida, pero parecía ilusionada.

–Y yo veo como los hace y en ese momento es lo mejor que puede pasarme en este mundo –añadió Alika.

–¿Quieres decir que ves cómo tu madre hace esas formas con las nubes?

–Sí.

–….

–Es muy raro ¿verdad? No lo sabe nadie.

–Es maravilloso, es precioso –respondió la psicóloga con un brillo de emoción en sus ojos.

–¿Lo dices de verdad? Yo desde la primera vez he tenido miedo a que sea algo loco –dijo Alika sin poder disimular su propia emoción ante la respuesta de la psicóloga.

–No, no es loco. ¡Me parece una forma preciosa de conectar con tu madre!

–La primera vez…fue…¿quieres que te cuente?

–Claro!

–Estaba en la playa con mi padre, era un día lleno de nubes y no había casi nadie en la playa. Yo he nacido aquí pero mi padre es Nigeriano y vivió de niño en una playa, vivían de la pesca. Así que él es un fanático de ir a la playa. Y yo creo que allí es donde realmente piensa en mi madre, porque a ella le gustaba mucho pasear por la playa en invierno, incluso con un paraguas en días de lluvia. Decía que ver el mar en invierno le hacía sentirse segura por estar en tierra firme.

–Lo entiendo, a mí también me gustaría poder dar esos paseos en invierno, pero vivo lejos de una playa.

–Nosotros vivimos muy cerca, es como si fuera nuestra playa particular, aunque en verano nos invaden los turistas. Aquel día no había casi nadie y mi padre se había sentado en las escaleras de madera que bajan a la playa, y se puso a leer un libro. O igual hacía como que leía un libro y estaba  pensando en ella, vete a saber. Yo me tumbé en la arena, todavía la ausencia de mi madre hacía que todo el aire fuese más denso, como algo más complicado de respirar, no sé si me entiendes esto.

–Sí, creo que te entiendo Alika, una sensación de falta de aire.

–Sí. Yo me tumbé sobre la arena sin quitarme el jersey, no era para nada un día de playa. Y no pensaba en nada, mi mente a veces se queda así. Y vi como una nube iba cogiendo la forma de un gatito precioso. Y me empecé a emocionar porque me pareció que había algo mágico en ver cómo se creaba esa forma. Y sin más me di cuenta de que era mi madre ¡Ella estaba haciendo esa forma! Ella estaba haciendo ese gatito con las nubes para que yo jugara. Me dio tanta felicidad y tanta fuerza esta idea! Pero no se lo dije a nadie.

–Entiendo, no tienes que preocuparte por eso. Yo te agradezco mucho que compartas ese secreto conmigo. Es un honor.

–¿Entonces no estoy loca?

–No, nada de eso. Después de esa primera vez ¿has visto más veces esas nubes moldeadas por tu madre?

–Sí, de vez en cuando. Pero no vayas a pensar que no sé que no es real. Lo sé, pero también hay algo “real” y maravilloso, pienso que mi madre lo hace para que yo juegue y para que esté bien.

 

Alika siente un suave pinchazo en su hombro y abre los ojos. Su compañero de asiento en el avión, un hombre de unos 50 años con barba blanca y ojos de niño, está mirándola como si fuera un enigma.

–¿Estás bien? Llevas un buen rato con la cabeza entre tus rodillas y los ojos cerrados ¿Estás mareada?

–No no, estoy muy bien.

–Perdón, siento haberte despertado. Es que no sabía…

–No se preocupe. Bueno, gracias por preocuparse…quiero decir. Pero estoy bien.

–Me alegro, nos quedan unas nueve horas de vuelo –dice el hombre volviendo a acomodarse relajado en su asiento.

–Es que estaba reviviendo una conversación que tuve con una psicóloga cuando era pequeña, cuando tenía doce años –explica Alika sin ninguna vergüenza

–¿Fue positiva? Quiero decir ¿te pareció una buena psicóloga? ¿te ayudó?

–¡Era un ángel!

 

–¡Qué alivio! Es que yo soy psicólogo, me alegro de que sea un buen recuerdo, no siempre lo conseguimos.

 

 

 

 

Elena de Miguel

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jue

04

jun

2015

El peligro de querer agradar a todos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mucha de la gente que viene a terapia tiene esta queja: “mi problema es que intento agradar a todos”.  Hay una historia bastante antigua que ilustra muy bien esta dificultad y quería hoy compartirla con vosotros para que podáis llegar a vuestras propias conclusiones.

 

 

 

 

 

 “Había una vez un anciano y un niño que viajaban con un burro de pueblo en pueblo. Puesto que el asno estaba viejo, llegaron a una aldea caminando junto al animal, en vez de montarse en él. Al pasar por la calle principal, un grupo de niños se rió de ellos, gritando: 

-¡Mirad qué par de tontos! Tienen un burro y, en lugar de montarlo, van los dos andando a su lado. Por lo menos, el viejo podría subirse al burro. 

Entonces el anciano se subió al burro y prosiguieron la marcha. Llegaron a otro pueblo y, al transitar entre las casas, algunas personas se llenaron de indignación cuando vieron al viejo sobre el burro y al niño caminando al lado. Entonces dijeron a viva voz: 

-¡Parece mentira! ¡Qué desfachatez! El viejo sentado en el burro y el pobre niño caminando. 

Al salir del pueblo, el anciano y el niño intercambiaron sus puestos. Siguieron haciendo camino hasta llegar a otra aldea. Cuando la gente los vio, exclamaron escandalizados: 

-¡Esto es verdaderamente intolerable! ¿Han visto algo semejante? El muchacho montado en el burro y el pobre anciano caminando a su lado. 

-¡Qué vergüenza! 

Puestas así las cosas, el viejo y el niño compartieron el burro. El fiel jumento llevaba ahora el cuerpo de ambos sobre su lomo. Cruzaron junto a un grupo de campesinos y éstos comenzaron a vociferar: 

-¡Sinvergüenzas! ¿Es que no tienen corazón? ¡Van a reventar al pobre animal! 

Estando ya el burro exhausto, y siendo que aún faltaba mucho para llegar a destino, el anciano y el niño optaron entonces por cargar al flaco burro sobre sus hombros. De este modo llegaron al siguiente pueblo. La gente se apiñó alrededor de ellos. Entre las carcajadas, los pueblerinos se mofaban gritando: 

-Nunca hemos visto gente tan boba. Tienen un burro y, en lugar de montarse sobre él, lo llevan a cuestas. ¡Esto sí que es bueno! ¡Qué par de tontos! 

La gente jamás había visto algo tan ridículo y empezó a seguirlos. 

Al llegar a un puente, el ruido de la multitud asustó al animal que empezó a forcejear hasta librarse de las ataduras. Tanto hizo que rodó por el puente y cayó en el río. Cuando se repuso, nadó hasta la orilla y fue a buscar refugio en los montes cercanos. 

El molinero, triste, se dio cuenta de que, en su afán por quedar bien con todos, había actuado sin el menor seso y, lo que es peor, había perdido a su querido burro”. 

 

 

 

Te invito a reflexionar:

 

 

 

-          ¿Con qué frecuencia acabas apartándote de tus objetivos para agradar al otro?

 

-          ¿Cómo te sientes después de hacerlo?

 

-         ¿Se te ocurre alguna otra manera de enfrentarte a ello la próxima vez?

 

-         ¿Qué beneficios tendría? ¿Qué costes?

 

-         ¿Quieres hacerlo?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Elena de Miguel

 

 

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dom

14

dic

2014

El enfado: Lecciones de los platos de los gatos

 

 

La emoción de enfado es controvertida. Hay quién no sabe enfadarse o quién se enfada demasiado a menudo.

 

Ya lo decía Aristóteles “enfadarse es muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso ciertamente, no resulta tan sencillo”.

 

A veces resulta útil enfadarse, porque el enfado nos protege de una invasión de nuestros límites. Cuando el enfado sin embargo cumple la función de “demostrar que tengo razón”, quizá no sea tan útil. La mayoría del tiempo no nos paramos a analizar de dónde viene el enfado, que función cumple, que nos lleva a hacer, y quizá como mucho sólo seamos capaces de ver las consecuencias que produce.

 

Para ampliar esta visión, peligrosa, por lo limitada que es, os contaré una historia que puede servir de ejemplo de cómo ampliar nuestra visión, a veces limitada de las cosas.

 

Esta historia la  podéis encontrar en el libro “Mindfulness en la vida cotidiana” de Jon Kabat- Zinn.

 

 

Detesto encontrar los platos de los gatos en el fregadero de la cocina junto a los nuestros. No sé por qué esto me molesta tanto, peor me molesta. Quizá se deba al hecho de no haber tenido ninguna mascota de niño. O quizá a que pienso a que constituye una amenaza para la salud pública (virus y cosas similares, vaya). Cuando decido limpiar los platos de los gatos, primero lavo los nuestros para deja despejado el fregadero y luego los de ellos. El caso es que no me gusta encontrarme los platos de los gatos en el fregadero, y cuando ocurre reacciono de inmediato.

 

 

 

Primero me enfado. A continuación, el enfado se vuelve más personal y lo acabo dirigiendo a quienquiera que piense que es el culpable, que suele ser Myla, mi mujer. Me siento herido porque no respeta mis sentimientos. Le he dicho en infinitas ocasiones que no me gusta encontrarme los platos con comida reseca allí, que me da asco. Le he pedido lo más amablemente que sé que no lo haga, pero con frecuencia lo hace de todos modos. Piensa que es una tontería y que estoy actuando compulsivamente, y cuando va con prisas simplemente  deja los platos de los gatos en remojo en el fregadero.

 

Mi descubrimiento de los platos de los gatos en el fregadero puede terminar en una acalorada discusión, en gran parte porque me siento enfadado y herido y, ante todo, porque tengo la impresión de que mi enfado y mi dolor están justificados, porque sé que yo tengo la razón. ¡Los platos de los gatos no deberían estar en el fregadero! Pero cuando lo están el proceso de construcción del yo llega a ser muy intenso en mí.

 

Recientemente he advertido que esta situación no me saca tanto de quicio. No es que haya hecho nada concreto para intentar cambiar mi forma de relacionarme con ello. Sigo sintiendo lo mismo en relación a que los platos de los gatos estén en el fregadero, pero, de algún modo, también veo toda la situación de un modo distinto, con una mayor conciencia y con mucho más sentido del humor. Ahora cuando ocurre, y sigue ocurriendo con una frecuencia irritante, tomo conciencia de mi reacción en el mismo instante en que tiene lugar y puedo mirarla. “Esto es lo que hay”, me recuerdo a mí mismo.

 

Observo el enfado mientras empieza a emerger en mí. Resulta que va precedido de una leve sensación de repugnancia. A continuación noto como despierta en mí la sensación de haber sido traicionado, que ya no es tan leve. Algún miembro de mi familia no ha respetado mi petición, y yo me lo estoy tomando de manera muy personal. Después de todo, el resto de la familia debería tener en cuenta mis sentimientos, ¿no es así?

 

He aceptado el reto de experimentar con las reacciones que tengo ante el fregadero de la cocina observándolas con gran detalle y sin permitir que determinen mis acciones.  Puedo dar fe de que la sensación inicial de repugnancia no es, ni mucho menos, tan mala; si permanezco con ella, respiro con ella y simplemente me permito sentirla, en realidad desaparece en un par de segundos. También he notado que es la sensación de traición, de que hayan frustrado mis deseos, la que me pone furioso, mucho más que lo platos de los gatos en sí. Así pues, descubro que en realidad no son los platos en sí el origen de mi enfado. Lo cual es muy distinto de los platos de los gatos. ¡Ajá!.

 

Entonces recuerdo que mi mujer y mis hijos ven todo esto de forma muy diferente. Piensan que estoy haciendo una montaña de un grano de arena. Y, si bien intentan respetar mis deseos cuando los consideran razonables, en otros momentos no les parecen razonables y simplemente hacen las cosas a su manera, quizás incluso sin pensar en mí lo más mínimo.

 

Así pues, he dejado de tomármelo de forma personal. Cuando realmente no quiero que los platos de los gatos estén en el fregadero, me remango y los limpio en ese preciso momento. Si  no, simplemente los dejo allí y me voy. Ya no tenemos peleas en relación a esto. De hecho, ahora siempre que me encuentro con esos desagradables objetos en el fregadero, me sonrío. Después de todo, me ha enseñado mucho.

 

 

 

Elena de Miguel

 

 

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mar

28

oct

2014

¿Quién dirige tu vida?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ya hemos mencionado alguna vez aquí, que la vida de vez en cuando implica dolor. Hay gente que se queda atascada en el dolor y sufre más aún por no poder librarse de él. Se sumergen en una especie de lucha, que puede no acabar nunca.

 

Suele pasar que cuando uno sufre no puede ver otra cosa y el sufrimiento ocupa la primera posición en cuanto a energía y tiempo dedicado al día. Esto indirectamente implica que poco a poco la vida se va reduciendo, va perdiendo vitalidad, se convierte, a veces,  en mera supervivencia ¿pero es posible seguir incluso con sufrimiento?

 

Parece que sí, hay gente que ha tenido duras pérdidas, ha sufrido accidentes, abusos, injusticias y ha seguido. Pero, y si estás pasando ahora mismo por un momento de dolor ¿qué te puede ayudar?

 

Quizá leer esta historia te ayude a reflexionar:

 

 

Imagina que vas conduciendo el autobús de “tu vida”. Como en cualquier autobús, a medida que sigues tu ruta, vas recogiendo pasajeros.

 

En este caso, tus pasajeros son tus recuerdos, sensaciones corporales, emociones condicionadas, pensamientos programados, impulsos generados históricamente y cosas por el estilo.

 

Has recogido algunos pasajeros que te caen bien, como esas dulces ancianitas que te gusta que tomen asiendo hacia delante, cerca de ti. También has recogido algunos que no te gustan: tienen el aspecto de miembros peligrosos de una banda y tú hubieras preferido que tomaran otro autobús.

 

Es probable que hayas pasado mucho tiempo intentando echar del autobús a determinados viajeros, hacer que cambiaran de aspecto o que se hicieran menos visibles. Por ejemplo, quien sufre trastornos de ansiedad, compulsiones o sentimientos dolorosos de tristeza, lo más probable es que ya haya intentado parar el autobús para hacer que se bajaran esos pasajeros.

 

Cuando tienes sentimientos, recuerdos o sensaciones desagradables lo que  intentarás  será bajar a esos pasajeros. La primera cosa que sueles hacer para conseguirlo es detener el autobús; tuviste que dejar tu vida en suspenso mientras te centrabas en la lucha. Y, lo más probable, es que los viajeros indeseables no se apearan como resultado de esa lucha.

 

Los pasajeros tienen su propia mente; además, el tiempo transcurre en una sola dirección, no en dos. Un recuerdo penoso, una vez que ha subido al autobús, ya se queda en el autobús para siempre. A menos que te practiquen una lobotomía, ese pasajero no va a marcharse.

 

Una vez que hemos comprobado que nuestros viajeros, sencillamente, no van a apearse, como último recurso nos centramos en su aspecto y visibilidad. Si tenemos un pensamiento negativo, intentamos maquillarlo un poco, retocando una palabra aquí, un matiz allá. Pero somos seres históricos. Cuando discutimos o intentamos cambiar a los viajeros de nuestro autobús, lo único que hacemos es añadirles aún más cosas. Es como encontrarse con un miembro de una banda y obligarle a que se ponga traje y corbata para que no parezca tan malencarado. Pero en nuestra memoria, al final, el bandido sigue viviendo con su aspecto original. Incluso aunque lleve un traje caro y una corbata, en el fondo, sabemos que no ha cambiado demasiado.

 

Una vez que hemos agotado todas las posibilidades, lo que solemos hacer es intentar llegar a un acuerdo con los pasajeros del autobús. Procuramos que los menos peligrosos se hundan en sus asientos al fondo, con la esperanza de que, por lo menos, no tengamos que verlos demasiado a menudo. Tal vez hasta nos imaginemos que se han esfumado del todo. Inventamos formas de evitar saber que los viajeros que nos dan miedo siguen en el autobús. Evitamos. Tomamos drogas legales. Negamos. Puedes intentar muchas maneras de ocultar tu ansiedad, depresión o baja autoestima, pidiéndoles a esos pensamientos y sentimientos que se hundan en el asiento de atrás.

 

Pero el coste de esta estrategia es elevado: renunciar a tu libertad. Para conseguir que tales indeseables pasajeros se mantengan lejos de tu vista, les propones este lamentable trato: Si ellos se mantienen agazapados y ocultos, tú los conducirás a donde ellos quieran ir.

 

Por ejemplo, para conseguir que por ejemplo la fobia social se vaya a la parte de atrás del autobús, tú puedes evitar estar con gente en situaciones en las que te parece que puedes quedaren evidencia y que te dan miedo; cuando aparece la oportunidad de relacionarte con otra gente, la rechazas o te escudas en un tipo de relación a la defensiva y tímida. Solo para conseguir que ese amenazador pasajero, la fobia social, no asome la cabeza. Incluso aunque esta última estrategia parezca funcionar hasta cierto punto, es a costa de un precio muy elevado. Cuando vas a donde los viajeros te dicen que vayas, has perdido el control del autobús de “tu vida”.

 

Cuando subes a un autobús, verás que en la parte superior lleva un cartel en el que se especifica a dónde va el autobús. Los pasajeros que suban a ese autobús irán a ese destino. Así, el destino del autobús no depende del capricho de cada momento de los pasajeros sino que corresponde a los propietarios de la compañía y a los conductores determinar el destino y llevar hasta allí el vehículo. Por eso, este es el momento de determinar a dónde quieres que se dirija ese autobús llamado “tu vida”. ¿Qué vas a decidir poner en su letrero? ¿Cuál es tu ruta?

 

(Extraído de “Sal de tu mente y entra en tu vida” C.Hayes)

 

 

Efectivamente descubrir tu ruta no es algo fácil. Implica pensar en el camino que has seguido hasta ahora y asomarse al vértigo de mirar adelante. El miedo será un pasajero habitual en este autobús que describíamos ¿pero te atreves a seguir incluso con miedo?

 

 

Elena de Miguel

 

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mié

21

may

2014

¿Es lo mismo el dolor que el sufrimiento?

 

A veces usamos estas dos palabras de manera indistinta “siento un gran dolor, siento un gran sufrimiento”.

 

 

 

Si extraemos el primer significado que aparece en el diccionario de “dolor” se refiere a la sensación molesta y desagradable que se siente en una parte del cuerpo a causa de una herida o enfermedad. Como segundo significado lo relaciona con la tristeza o la pena por algún hecho concreto.

 

 

Cuando buscamos en el diccionario “sufrimiento” nos habla del dolor físico o psíquico que experimenta una persona; en este caso como segunda acepción  nos habla de la paciencia con que alguien soporta una desgracia.

 

 

 

¿Qué conclusión podemos sacar? ¿Implica siempre el dolor, sufrimiento?

 

 

Hablamos del sufrimiento más como la elaboración mental del dolor. El sufrimiento puede surgir a partir del dolor, siendo el dolor un dato real del mundo. El sufrimiento es sin embargo una interpretación.

 

 

 

Aquí nos habla de sufrimiento como paciencia. Podríamos hablar de la paciencia, de quien espera a que el dolor acabe, quizá con resignación ¿qué margen de maniobra nos deja esto? Más bien, poco. Os propondré otro término que me gusta más, el de esperanza. Si hablamos de esperanza, hablamos de una espera en que confiamos que ocurra aquello que queremos, que algo que ahora podríamos considerar un deseo, llegue a materializarse.

La esperanza viene del futuro de creer que voy a superar el dolor, de confiar en mis recursos, de hacerme más grande, para algunos supone ponerse en manos de una divinidad, pero no tiene por qué, algunos en el dolor o por la transformación de este dolor encuentran el sentido de la vida; pero esta transformación no es sencilla porque implica crecer, hacernos grandes en la adversidad. Lo que actualmente se conoce como resiliencia.

 

 

 

Por eso os voy a contar hoy una historia que habla de esto, de cómo lo desagradable, el dolor, está presente en nuestra vida pero si crecemos al valorar lo que seguimos teniendo a pesar de ese dolor. Nos hacemos más grandes y el sufrimiento quedará mucho más diluido en el gran recipiente de nuestra vida que tantas cosas contiene, además del dolor.

 

 

 

Cuenta la historia de un Maestro Hindú, que estaba muy cansado de escuchar las quejas de su aprendiz. Con intención de enseñarle algo, lo envió a buscar algo de sal. Cuando regresó, le pidió que tomara un poco de sal y la echara en un vaso de agua, para luego beberla.

- ¿Qué tal sabe? - preguntó el maestro-.
- ¡Muy desagradable! -respondió el aprendiz-.

El maestro, con una sonrisa en la cara, le pidió que lanzara la misma cantidad de sal al lago. Caminaron a un lago cercano, y el aprendiz arrojó la sal.

- Ahora bebe del lago. ¿A que sabe?
- Fresca -respondió el aprendiz después de tomar el agua-.
- ¿Te supo a sal?
- No, en absoluto.

Entonces, el maestro le dijo: "El dolor que hay en la vida, es pura sal. La cantidad de dolor siempre es la misma, pero el grado de amargura que probamos, depende del recipiente donde dejamos la pena. Así, cuando sientas dolor, lo único que debes hacer es agrandar tu sentido sobre las cosas. Pasa de ser un vaso de agua, a convertirte en un lago."

 

 


Elena de Miguel

Psicóloga y coach

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mar

01

abr

2014

¿Estás satisfecho con tu vida?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hoy os contaré una historia que escuché hace ya algún tiempo y estoy segura de que no os dejará indiferentes, como a mí en su día no lo hizo:

 

 

Dos monjes que dedicaron toda su vida a servir a la comunidad hicieron una vez 40 días de ayuno y penitencia.

Tras este duro periodo se les apareció un ángel y a los dos les dio el don de conocer el día de su muerte.

 

El primer monje decidió prepararse para la muerte y tomó algunas tablas. Con ellas construyó un ataúd y cargó con él a todos los sitios para que la muerte no le pillara de improviso. Por la noche se metía en él y se enterraba bajo tierra y así continuo hasta el día de su muerte.

 

El otro monje decidió aprovechar los días que le quedaban y considerando que ya estaba preparado para vivir con los demás se fue a la ciudad. Reunió a todos los suyos y les dijo “me queda poco de vida y quiero que disfrutemos juntos”.  Vivió junto a sus amigos y su familia. Les hizo todo el bien que pudo y aunque estaba triste porque sabía que iba a morir, se esforzaba en que tanto su vida como la de los demás fueran lo más felices posible.

 

Finalmente llegó el día del juicio y ambos monjes subieron al cielo. El ángel que les había revelado el día de su muerte, les recibió y les dijo: “se os reveló el día de vuestra muerte porque habíais sido buenos y para que aprovecharais los días que os quedaban disfrutando de vuestra vida. Por tanto a partir de ahora seguiréis haciendo lo que más os ha gustado, es decir, lo que habéis hecho estos días”.

 

 

Cuando uno lee esta historia por primera vez se queda un rato pensando…

 

Muchos a los que cuento esta historia se identifican con ese monje que decide cuidarse de los peligros y pasa toda su vida previniendo “por si”….en este caso la muerte, pero en otros casos puede ser una enfermedad, puede ser evitar mantener relaciones de pareja por si les hacen daño, en definitiva dedican su vida a luchar para que lo malo que les suceda no les pille desprevenidos.

 

Esta lucha que se observa muy bien en esta historia tiene un resultado infructuoso, la muerte llega igual para ambos y mientras uno a pesar de que sabía que el final llegaría dedica aprovechar el tiempo que le queda, el otro decide evitar todo peligro apartándose del mundo y de lo que más le gusta.

 

Imaginemos que como en la historia llegara el final de nuestros días y el mismo ángel de esta historia viniera a visitarnos y nos dijera que después de nuestra muerte vamos a seguir haciendo lo mismo que hemos hecho hasta ahora.

 

¿Estaríamos satisfechos? ¿O habría algo que nos gustaría hacer o dedicar más tiempo?

 

Sin duda el mensaje de esta historia es muy profundo. A veces la vida de una forma u otra nos da este mismo mensaje, pero no le hacemos mucho caso.

 

Hoy mi intención con esta historia es darte un toque, para que reflexiones, para decirte que estás a tiempo, que todavía hay muchas cosas que puedes hacer a pesar del dolor, a pesar del miedo y a pesar de que muchas cosas en la vida no están bajo nuestro control.

Decirte hoy que hagas como el segundo monje que hagas todo aquello que el día de mañana te haga sentir satisfecho de la vida que viviste.

 

 

 

Elena de Miguel

 

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mié

19

mar

2014

El papel más importante de tu vida

 

 

Ayer llegaba a mí este precioso cuento que hoy quiero compartir con vosotros. Creo que todos de vez en cuando deberíamos leerlo y no olvidar cultivar lo que nos hace diferentes, lo que nos hace especiales.

 

 

 

 

 

 

 

 

Un rey plantó un jardín precioso. Al año siguiente fue a visitarlo y descubrió que sus árboles, arbustos y flores se estaban muriendo.

 

 

Sorprendido por lo que vio, se dedicó a ir preguntando a cada una de las plantas y árboles que allí vivían ¿qué les había pasado?

 

 

 

El Roble le dijo que se moría porque no podía ser tan alto como el Pino.

 


Volviéndose al Pino, lo halló caído porque no podía dar uvas como la Vid.

 

 

Y la Vid se moría porque no podía florecer como la Rosa.

 


La Rosa lloraba porque no podía ser alta y sólida como el Roble.

Entonces encontró una planta, una Fresia, floreciendo y más fresca y brillante que nunca.

 

 


El rey preguntó:
¿Cómo es que creces saludable en medio de este jardín mustio y sombrío?

 

 


No lo sé. Quizás sea porque siempre supuse que cuando me plantaste, querías fresias. Si hubieras querido un Roble o una Rosa, los habrías plantado. En aquel momento me dije: "Intentaré ser Fresia de la mejor manera que pueda".



 

 

 

Después de esto reflexiona:

 

 

¿Cúantas veces te comparas con otros y te quejas por lo que no tienes?

 

¿Intentas cada día como la Fresia ser tu mejor yo?

 

¿Qué te hace especial?

 

 


No intentes ser como otros porque nunca lo lograrás. Sin embargo hay un papel que nadie puede hacer mejor que tú y en el que cada día puedes ir mejorando.

 

Es el papel más importante de tu vida, el papel de ser tú mismo.

 

 

 

 

Elena de Miguel

 

Psicóloga y coach

 

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mar

16

jul

2013

cerrando ciclos: LAS ETAPAS

 

 

 

Hoy os dejo una bonita reflexión del gran escritor Paulo Coelho.

 

 

Una de las causas de neurosis según la Gestalt son los asuntos inconclusos, es decir aquellos asuntos que nos persiguen a través del tiempo y no somos capaces de cerrar.

 

 

Los vamos dejando de lado, sin embargo aunque creamos que ya no nos afectan, nos van restando energía. Hay por tanto que dedicarles tiempo y solucionarlos de una vez por todas, aunque suponga tiempo y sobretodo aunque suponga dolor.

 



Siempre es preciso saber cuándo se acaba una etapa de la vida.

Si insistes en permanecer en ella, más allá del tiempo necesario, pierdes la alegría y el sentido del resto. Cerrando círculos, o cerrando puertas, o cerrando capítulos. Como quiera llamarlo, lo importante es poder cerrarlos, dejar ir momentos de la vida que se van clausurando.

¿Terminó con su trabajo?, ¿Se acabó la relación?, ¿Ya no vive más en esa casa?, ¿Debe irse de viaje?, ¿La amistad se acabó?

Puede pasarse mucho tiempo de su presente "revolcándose" en los porqués, en devolver el casette y tratar de entender por qué sucedió tal o cual hecho.

El desgaste va a ser infinito porque en la vida, usted, yo, su amigo, sus hijos, sus hermanas, todos y todas estamos abocados a ir cerrando capítulos, a pasar la hoja, a terminar con etapas, o con momentos de la Vida y seguir adelante.

No podemos estar en el presente añorando el pasado. Ni siquiera preguntándonos por qué. Lo que sucedió, sucedió, y hay que soltar, hay que desprenderse.

No podemos ser niños eternos, ni adolescentes tardíos, ni empleados de empresas inexistentes, ni tener vínculos con quien no quiere estar vinculado a nosotros.

El desgaste va a ser infinito porque en la vida, usted, yo, su amigo, sus hijos, sus hermanas, todos y todas estamos abocados a ir cerrando capítulos, a pasar la hoja, a terminar con etapas, o con momentos de la Vida y seguir adelante.

¡Los hechos pasan y hay que dejarlos ir! Por eso a veces es tan importante destruir recuerdos, regalar presentes, cambiar de casa, documentos por tirar, libros por vender o regalar. Los cambios externos pueden simbolizar procesos interiores de superación. Dejar ir, soltar, desprenderse. En la vida nadie juega con las cartas marcadas, y hay que aprender a perder y a ganar. Hay que dejar ir, hay que pasar la hoja, hay que vivir con sólo lo que tenemos en el presente!. El pasado ya pasó.

No esperen que le devuelvan, no espere que le reconozcan, no espere que alguna vez se den cuenta de quién es usted. Suelte el resentimiento, el prender "su televisor personal" para darle y darle al asunto, lo único que consigue es dañarlo mentalmente, envenenarlo, amargarlo.

 

La vida está para adelante, nunca para atrás. Porque si usted anda por la vida dejando "puertas abiertas", por si acaso, nunca podrá desprenderse ni vivir lo de hoy con satisfacción.

Noviazgos o amistades que no clausuran, posibilidades de "regresar" (a qué?), necesidad de aclaraciones, palabras que no se dijeron, silencios que lo invadieron. ¡Si puede enfrentarlos ya y ahora, hágalo!, si no, déjelo ir, cierre capítulos. Dígase a usted mismo que no, que no vuelve.

Pero no por orgullo ni soberbia, sino porque usted ya no encaja allí, en ese lugar, en ese corazón, en esa habitación, en esa casa, en ese escritorio, en ese oficio. Usted ya no es el mismo que se fue, hace dos días, hace tres meses, hace un año, por lo tanto, no hay nada a que volver. Cierre la puerta, pase la hoja, cierre el círculo. Ni usted será el mismo, ni el entorno al que regresa será igual, porque en la vida nada se queda quieto, nada es estático.

Es salud mental, amor por usted mismo desprender lo que ya no está en su vida. Recuerde que nada ni nadie es indispensable. Ni una persona, ni un lugar, ni un trabajo, nada es vital para vivir porque: cuando usted vino a este mundo 'llegó' sin ese adhesivo, por lo tanto es "costumbre" vivir pegado a él, y es un trabajo personal aprender a vivir sin él, sin el adhesivo humano o físico que hoy le duele dejar ir. Es un proceso de aprender a desprenderse y, humanamente se puede lograr porque, le repito, ¡nada ni nadie nos es indispensable! Sólo es costumbre, apego, necesidad.

Pero .... cierre, clausure, limpie, tire, oxigene, despréndase, sacuda, suelte. Hay tantas palabras para significar salud mental y cualquiera que sea la que escoja, le ayudará definitivamente a seguir para adelante con tranquilidad.

¡Esa es la vida!

 

 

Paulo Coelho

 

 

 

Elena de Miguel

Psicóloga y coach

 

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mar

25

jun

2013

No dudes de tu valor

Uno de los problemas más frecuente en consulta es la falta de autoestima. No obstante no es el tipo de problema por el que la gente suele ir, si no más bien aparece como una variable oculta que está detrás de muchos problemas.

 


 

Nos cuesta aceptarnos como seres imperfectos, el resto que haga lo que quiera, pero yo si tengo un defecto ese defecto pasa a ser el centro de mi vida. Olvidamos que la esencia humana es la imperfección, que lo que no es natural es ser perfecto.

 


 

Por ello te animo a que cuestiones cada vez que tú u otros te desvalorizan. Tú vales igual con tus fallos y errores. Eres la misma persona.

Un error tan solo es una forma de actuar inadecuada, tú no eres el error.

Imagina que Einstein hubiera dicho la vez 1000 que no supo como inventar algo, “soy un fracasado, lo dejo. Me he equivocado ya tantas veces…”

 

 


¿Por qué nosotros sí lo hacemos? “Me he equivocado, conclusión soy un fracasado”

¿Pretendemos ser más perfectos que Einstein?

 

 


Recuerda la esencia humana es la imperfección y la diversidad. No pretendas ser exactamente igual al resto. Habrá gente buena para una cosa y otros seremos buenos en otras. No nos juzguemos sólo por aquello que hacemos mal o no destacamos.

 

 


“Todos somos genios, pero si juzgas un pez por su habilidad para escalar un árbol, pasará toda su vida pensando que es estúpido” Albert Einstein

 

 


Te dejo esta historia para que reflexiones

 

 

Un profesor enseña un billete de 20 € y le dice a sus alumnos: "¿A Quién le gustaría tener este billete? " todos los alumnos levantan la Mano.
Arruga la nota y le pregunta: "Sigue queriéndolo? "Las manos suben de nuevo.
Él lanza el billete arrugado en el suelo, salta encima y dice: "¿ Aun lo quieren? "
Los Alumnos levantan la mano.
Entonces les dijo:
"Amigos míos, ustedes han aprendido una lección muy importante, hoy:
Aunque he arrugado el billete, lo he pisoteado, lo he lanzado, Habéis querido tener el billete, porque su valor no había cambiado, seguía con un valor de € 20 ..!
Muchas veces en la vida, te ofenden, personas te rechazan y los acontecimientos te sacuden. Sientes que ya no vales nada, pero TU VALOR no cambiará NUNCA para la gente que realmente te quiere. Incluso en los días en que estés en tu peor momento, TU VALOR SIGUE SIENDO LO MISMO ".

NO DUDES DE TU VALOR.....vales SIEMPRE igual o MAS.. NUNCA MENOS

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jue

23

may

2013

El arte de la paciencia para conseguir objetivos

 No hay que ser agricultor para saber que una buena cosecha requiere de buena semilla, buen abono y riego constante.

 


También es obvio que quien cultiva la tierra no se para impaciente frente a la semilla sembrada y grita con todas sus fuerzas: "¡Crece, maldita seas!"...

 


Hay algo muy curioso que sucede con el bambú japonés y que lo trasforma en no apto para impacientes: Siembras la semilla, la abonas, y te ocupas de regarla constantemente.

 


Durante los primeros meses no sucede nada apreciable. En realidad no pasa nada con la semilla durante los primeros siete años, a tal punto, que un cultivador inexperto estaría convencido de haber comprado semillas infértiles.

 


Sin embargo, durante el séptimo año, en un período de solo seis semanas la planta de bambú crece ¡más de 30 metros!

¿Tardó solo seis semanas crecer?.  

No. La verdad es que se tomó siete años y seis semanas en desarrollarse.

 


Durante los primeros siete años de aparente inactividad, este bambú estaba generando un complejo sistema de raíces que le permitirían sostener el crecimiento que iba a tener después de siete años.

 


Sin embargo, en la vida cotidiana, muchas personas tratan de encontrar soluciones rápidas, triunfos apresurados sin entender que el éxito es simplemente resultado del crecimiento interno y que éste requiere tiempo. Quizás por la misma impaciencia, muchos de aquellos que aspiran a resultados en corto plazo, abandonan súbitamente justo cuando ya estaban a punto de conquistar la meta.


Cuento Zen.

 

La paciencia es un difícil arte, queremos resultados ¡ya! en el momento. Si emprendemos esfuerzo y no los vemos, en muchos casos nos damos por vencidos. ¿No hemos conseguido nada con tanto esfuerzo?

 


A veces hay que pararse a pensar:

1. ¿Estamos planteando bien nuestro objetivo?

2. ¿Estamos poniendo todo de nuestra parte para lograrlo?

3. ¿Las estrategias que estamos usando son las adecuadas?

4. ¿Somos capaces de reconocer nuestros progresos?

5. ¿Es necesario más tiempo para ver resultados?

6. ¿Ese objetivo que nos planteamos un día sigue vigente o hay que modificarlo?

 

Estas son sólo algunas preguntas que son posibles pero cada uno puede hacer las suyas,  antes de rendirse es importante hacer un análisis exhaustivo para detectar cambios posibles y alternativas o si definitivamente ese ya no es nuestro objetivo aprender para la vez siguiente. Pero sobretodo, tener paciencia porque quizá las raíces como en el bambú están formadas y sólo necesitan tiempo para asomar a la superficie.

 

¡No te rindas antes de tiempo!

 

 

 

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jue

16

may

2013

El punto negro

Cierto día, un profesor entra al salón de clases y le dice a los alumnos, que se preparen para una prueba sorpresa.



Todos se pusieron nerviosos, asustados por el examen que vendría, mientras el profesor iba entregando la hoja del examen con la parte frontal para abajo, de modo que no vieran lo que contenía hasta él decir en que constaba la prueba.

 


Una vez que entregó todas las hojas, les pidió que den vuelta la hoja y vean el contenido. Para sorpresa de todos era una hoja en blanco que tenía en el medio un punto negro. Viendo la cara de sorpresa de todos sus alumnos, el profesor les dijo: – Ahora van a escribir una redacción sobre lo que están viendo.
Todos los jóvenes, confundidos, se pusieron a pensar y a escribir sobre lo que veían.

 


Terminado el tiempo, el maestro recoge las hojas, las coloca en el frente del escritorio y comienza a leer las redacciones en voz alta.
Todas, sin excepción se referían al punto negro de diferentes maneras.

 


Terminada la lectura, el profesor dijo:


- Este test no es para darles una nota, les servirá como lección de vida.

Nadie habló de la hoja en blanco, todos centraron su atención en el punto negro.

Esto mismo pasa en nuestra vida, en ella tenemos una hoja en blanco entera, para ver y aprovechar, pero nos centramos en los puntos negros.

La vida es un regalo de la naturaleza, nos es dada con cariño y amor, siempre tenemos sobrados motivos para festejar, por su renovación, por los amigos que nos apoyan, el empleo que nos da el sustento, los milagros que suceden diariamente, y no obstante insistimos en mirar el punto negro, ya sea el problema de salud que nos afecta, la falta de dinero, la difícil relación con un familiar, la decepción con un amigo…

Los puntos negros son mínimos en comparación con todo lo que diariamente obtenemos, pero ellos ocupan nuestra mente, en todo momento.

Saquen su atención de los puntos negros, aprovechen momento, tranquilícense y sean felices.

 

 

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mar

14

may

2013

Un mensaje de esperanza: Las ranitas en la nata

Cada día por distintas cuestiones en nuestro camino se cruzan decisiones, problemas, proyectos que no sabemos como sacar adelante.

Hay momentos duros en que pensamos en renunciar, salir corriendo, resignarnos a un futuro un tanto incierto.

 

Sin embargo hay otras personas que deciden luchar hasta el final, porque saben que aunque duro el esfuerzo merece la pena. Es un dolor necesario. Enfrentarnos a la vida de una u otra manera depende de una actitud, elegir luchar hasta el final o rendirnos, depende de nosotros.

 

Hay cosas en la vida que son inevitables, eso no se puede cambiar pero si elegimos luchar hasta el final, pase lo que pase, quizá al final logremos un milagro que creíamos que no era posible.

 

Por eso, por toda la gente que hoy se encuentre hasta el cuello, llenos de problemas y no ven el sentido a seguir intentándolo, les quiero dedicar este cuento de Jorge Bucay, como mensaje de esperanza y de lucha.

 

Había una vez dos ranas que cayeron en  un recipiente de nata.

Inmediatamente se dieron cuenta de que se hundían: era imposible nadar o flotar demasiado tiempo en esa masa espesa como arenas movedizas. Al principio, las dos ranas patalearon en la nata para llegar al borde del recipiente. Pero era inútil; sólo conseguían chapotear en el mismo lugar y hundirse. Sentían que cada vez era más difícil salir a la superficie y respirar.

Una de ellas dijo en voz alta: - “No puedo más. Es imposible salir de aquí. En esta materia no se puede nadar. Ya que voy a morir, no veo por qué prolongar este sufrimiento. No entiendo qué sentido tiene morir agotada por un esfuerzo estéril”.

Dicho esto, dejó de patalear y se hundió con rapidez, siendo literalmente tragada por el espeso líquido blanco.

La otra rana, más persistente o quizás más tozuda se dijo: - “¡No hay manera! Nada se puede hacer para avanzar en esta cosa. Sin embargo, aunque se acerque la muerte, prefiero luchar hasta mí último aliento. No quiero morir ni un segundo antes de que llegue mi hora”.

Siguió pataleando y chapoteando siempre en el mismo lugar, sin avanzar ni un centímetro, durante horas y horas.

Y de pronto, de tanto patalear y batir las ancas, agitar y patalear, la nata se convirtió en mantequilla.

Sorprendida, la rana dio un salto y, patinando, llegó hasta el borde del recipiente. Desde allí, pudo regresar a casa croando alegremente.

 

Seamos como la rana pataleemos, seamos cabezotas para bien porque el día menos pensado los problemas, así como la nata se transformaran y nosotros con ellos habremos crecido como personas.

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jue

18

abr

2013

¿Cómo reaccionas ante la adversidad?

Hoy voy a compartir con vosotros esta bonita historia- reflexión sobre cómo reaccionamos ante lo que nos sucede.


Se la dedico a la que fue mi primera cliente y la compartió conmigo como muestra de su proceso de coaching

 

Una hija se quejaba a su padre acerca de su vida y cómo las cosas le resultaban tan difíciles. No sabía cómo hacer para seguir adelante y creía que se daría por vencida. Estaba cansada de luchar. Parecía que cuando solucionaba un problema, aparecía otro.

Su padre, un chef de cocina, la llevó a su lugar de trabajo. Allí llenó tres ollas con agua y las colocó sobre fuego fuerte. Pronto el agua de las tres ollas estaba hirviendo. En una colocó zanahorias, en otra colocó huevos y en la última colocó granos de café. Las dejó hervir sin decir palabra. La hija esperó impacientemente, preguntándose qué estaría haciendo su padre.

A los veinte minutos el padre apagó el fuego. Sacó las zanahorias y las colocó en un recipiente. Sacó los huevos y los colocó en otro. Coló el café y lo puso en un tercer recipiente. Mirando a su hija le dijo: "Querida, ¿qué ves?". "Zanahorias, huevos y café", fue su respuesta. La hizo acercarse y le pidió que tocara las zanahorias. Ella lo hizo y notó que estaban blandas. Luego le pidió que tomara un huevo y lo rompiera. Luego de sacarle la cáscara, observó el huevo duro. Luego le pidió que probara el café. Ella sonrió mientras disfrutaba de su rico aroma.

Humildemente la hija preguntó: "¿Qué significa esto, padre?". Él le explicó que los tres elementos habían enfrentado la misma adversidad: ¡agua hirviendo!, pero habían reaccionado en forma diferente. La zanahoria llegó al agua siendo fuerte y dura. Pero después de pasar por el agua hirviendo se había vuelto débil, fácil de deshacer.

El huevo había llegado al agua siendo frágil. Su cáscara fina protegía su interior líquido. Pero después de estar en agua hirviendo, su interior se había endurecido. Los granos de café sin embargo eran únicos. Después de estar en agua hirviendo, habían cambiado al agua.

"¿Cual eres tú?", le preguntó a su hija. "Cuando la adversidad llama a tu puerta, ¿cómo respondes?. ¿Eres una zanahoria, un huevo o un grano de café?"
 

 

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mié

17

abr

2013

El elefante encadenado

Este cuento refleja muy bien el espíritu que desde cambio en positivo  quiero transmitir.

 

 

A veces nos quedamos clavados a una estaca que nos impusieron o impusimos hace tiempo, pero ya es hora de intentar librarnos de ella.

Esa es mi reflexión, ¿cuál sacas tú?

 

Cuando yo era chico me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. También a mí como a otros, después me enteré, me llamaba la atención el elefante. Durante la función, la enorme bestia hacía despliegue de su peso, tamaño y fuerza descomunal... pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo.
Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir.
El misterio es evidente:
¿Qué lo mantiene entonces?
¿Por qué no huye?
Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre, o a algún tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapa porque estaba amaestrado.
Hice entonces la pregunta obvia:
–Si está amaestrado ¿por qué lo encadenan?
No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente.
Con el tiempo me olvidé del misterio del elefante y la estaca... y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta.
Hace algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta:
El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.
Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca.
Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo no pudo.
La estaca era ciertamente muy fuerte para él.
Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía...
Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a sus destino.
Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no escapa porque cree –pobre– que NO PUEDE.
Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer.
Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro.
Jamás... jamás... intentó poner a prueba su fuerza otra vez...
Vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad... condicionados por el recuerdo de «no puedo»...
Tu única manera de saber, es intentar de nuevo poniendo en el intento todo tu corazón...

JORGE BUCAY

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