Drogas para no pensar

 

 

 

  

 

Cuando uno habla de drogas y drogadictos inevitablemente le viene a la cabeza la imagen del “yonki” tirado en alguna esquina tratando de sobrevivir un día más para conseguir más droga.

 

Nada más lejos de la realidad. Hoy las drogas son muchas y los drogadictos habituales son imposibles de reconocer entre la gente.

Entendiéndose como droga, toda aquella sustancia u objeto que nos controla más que nosotros controlar la sustancia o el objeto.

 

Algunas siguen siendo ilegales: cocaína, cannabis, heroína; otras son legales como el alcohol, las máquinas tragaperras o las apuestas; otras las recetan los médicos: ansiolíticos, hipnóticos; otras son de nueva generación: las nuevas tecnologías… Y podría seguir. Ante las primeras todos nos llevamos las manos a la cabeza si nuestro hij@, marido o esposa las consume, el resto, suelen pasar más o menos inadvertidas.

 

Además de esa capacidad de controlarnos tienen otra cosa en común. Obviamente nos reportan placer o nos evitan el malestar, pero además otra característica importante es que nos evitan pensar demasiado. Pues no está mal diréis… No, si no lo usas como estrategia habitual para este último fin.

 

Actualmente vivimos en una sociedad convulsa, con problemas de paro, trabajos precarios, familias desestructuradas y otros muchos problemas. A lo largo de toda la historia de la humanidad ha habido problemas parecidos, sin embargo,  la manera de enfrentarnos a ellos no siempre ha sido igual.

 

 

Hablaré ahora de las drogas legales, en concreto de las que se recetan y se compran en farmacia los "psicofármacos".

Como terapeutas, recibimos frecuentemente en nuestras consultas personas que demandan medicación para situaciones que en cualquier otro tiempo de nuestra historia hubiera sido impensable solucionar acudiendo a salud mental. Despidos improcedentes, horas abusivas de trabajo, imposibilidad de conciliar la vida familiar y el trabajo…

 

Muchos vienen ya con su propio diagnóstico: depresión, ansiedad generalizada, trastorno de pánico, agorafobia… Como terapeutas, nos resulta difícil luchar con un síntoma o diagnóstico que protege de luchar contra una realidad que en muchos casos, es cuanto menos injusta. 

No suele ser muy bien recibido entre muchos, sobre todo entre aquellos que tienen el poder que se diga “mire no es usted una persona ansiosa, es la sociedad la que presiona, deshumaniza y enferma”.  Algunos te miran y preguntan “¿y qué hago, entonces?” y resulta más frustrante decir todavía “ojalá pudiera decirle, únase a un sindicato, forme una cooperativa con otras personas en la misma situación que usted, busque un abogado…”

Puede que no le sirva de nada, pero desde luego lo que sin duda no resolverá su problema es tomar 5 pastillas distintas, que sí, con suerte, harán que su descanso sea más profundo, sus ataques de pánico desaparezcan,  su estado de ánimo sea mejor, sus obsesiones y compulsiones sean más llevaderas, pero siento decirle que nunca harán que su problema desaparezca.

 

Me recuerda un poco a una fábula muy conocida. La fábula de la rana y el agua caliente:

 

Si ponemos una olla con agua fría (a veces dicen temperatura ambiente) y echamos una rana esta se queda tan tranquila. Y si a continuación empezamos a calentar el agua poco a poco, la rana no reacciona sino que se va acomodando a la temperatura hasta que pierde el sentido y, finalmente, morir achicharrada.

 

Somos nosotros y nuestras “drogas” como esta rana. Nos van anestesiando y a pesar de que las circunstancias se van poniendo cada vez peor, estas drogas consentidas nos impiden cualquier tipo de lucha productiva. Nos vamos adaptando a situaciones de lo más inverosímil hasta que el cuerpo o la mente explota y surge el síntoma y entonces pedimos ayuda para seguir funcionando en la misma dinámica e ir aumentando la dosis. Y más de lo mismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

Elena de Miguel

Psicóloga

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