5 respuestas para mejorar la educación de tus hijos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las Navidades son un periodo que a los niños les encanta, pero los padres pueden acabar muy “quemados” al tenerlos 24 horas en casa. En vez de disfrutar de tener más tiempo con sus hijos los padres acaban deseando volver a la rutina. Para evitar que esto pase, tenemos al menos que reflexionar un poco sobre ello.

 

 

Todos venimos de un estilo educativo determinado que hemos recibido a lo largo de nuestra vida. Algunos estarán de acuerdo con como sus padres les han educado y otros se situarán totalmente en contra y harán lo opuesto. En cualquier caso es inevitable reconocer su influencia.

 

 

Para entenderlo un poco mejor primero tenemos que entender que existen 2 modelos ineficaces de educación. Y los llamamos ineficaces porque impiden a los niños conocer cuáles son las reglas que rigen su casa y adquirir responsabilidad en su cumplimiento.

 

a) Estilo permisivo: son padres que se dedican a dar sermones, enseñanzas, repetir el mensaje, dar argumentos de porque no está bien hacer algo o es mejor hacer otra cosa. Podríamos decir que son unos padres “que hablan y hablan pero no actúan”. Como mucho pueden llegar a amenazar al niño con un castigo, que tanto ellos como su hijo saben que nunca va a ocurrir. Es decir sus palabras dicen “haz esto” pero sus acciones dicen “no tienes porque hacerlo”.

 

b) Estilo punitivo: el castigo es su arma por excelencia. Si el hijo no cumple las reglas rápidamente establecen una consecuencia que en la mayoría de los casos suele ser excesiva. También recurren a gritos y pueden soltar alguna “bofetada” si ven que el resto no funciona. En sus hijos producen por un lado que se corte la conducta problemática en la mayoría de los casos pero una gran hostilidad en el ambiente, ya que los hijos suelen considerarlos “injustos” y desde luego no aprenden nada sobre responsabilidad o autocontrol.

 

 

¿Qué alternativa existe?

 

Lo que podríamos llamar estilo educativo democrático. Lo más característico de este enfoque es que los mensajes verbales son muy claros y van seguidos de una acción que les apoya. Este límite conductual se expondrá de una manera lógica por lo que ha pasado, no como una manera de demostrar “que aquí el que manda soy yo”.

 

Diremos “hijo sé que lo sabes hacer bien, pero “X” conducta no es apropiada por lo que tendrá “X” consecuencia” otra manera de exponerlo sería “puedes seguir haciendo (conducta inadecuada) y pasará (consecuencia) o hacer esto otro (conducta apropiada) ¿qué prefieres?”

 

Los niños no nacen sabiendo las reglas, deben aprenderlas mediante un proceso de enseñanza en que los padres son los profesores. De la misma forma que nos gustaría que el profesor de matemáticas hablara de una manera clara con nuestros hijos, tuviera paciencia, expusiera la materia de una forma sencilla en “el aprendizaje de límites” los padres deben ser “el profesor modelo”.

 

Cuando los niños son pequeños tienen lo que se llama “pensamiento concreto” esto significa que aprenden a través de la experiencia. Para ellos no es tan importante lo verbal, como lo que experimentan en sus “propias carnes” (lo que ven, lo que oyen, lo que tocan…).

 

La manera en que los niños aprenden las reglas es por tanto poniéndolas a prueba. Estas conductas de “poner a prueba” que molestan tanto a los padres para los niños responden a las preguntas de lo que está bien o lo que está mal.

 

Si los límites son blandos, es decir, la palabra dice “para”, pero la conducta dice “no es necesario” los niños aprenden también a dar mensajes mixtos y dicen “ya lo haré” mientras su conducta dice “no tengo intención de hacerlo”.

 

Establecer límites firmes es sencillo pero requiere formas distintas a las que estamos acostumbrados. Veamos un ejemplo.

 

Imaginemos que una niña de 3 años está en la mesa haciendo burbujas con su taza y sin tomar el desayuno. Su padre con voz tranquila dirá “en la mesa no se hacen burbujas. Sé que sabes usar la taza adecuadamente pero si no lo haces tendré que quitártela”. La niña para y a los 5 minutos vuelve a hacer lo mismo. Sin decir más, el padre coge la taza y se la lleva “podrás tener la taza cuando suene la alarma”. Pone el cronómetro y 10 minutos después se la devuelve. Sin recordatorios, ni amenazas. Esta conducta se repetirá de la misma forma las veces que haga falta.

 

 

Algunos dirán “claro, la teoría es muy sencilla pero tendrías que ver a mi hijo”. Efectivamente en un artículo es muy difícil explicar cómo  reaccionar ante cada puesta a prueba de los hijos, no obstante será útil llevar a cabo los siguientes pasos:

 

1. Ser consciente del tipo de educación que he recibido yo. ¿Cómo me puede estar influyendo esto en la actualidad?

 

2. ¿En qué modelo me reconozco más? Permisivo, punitivo, mixto…

 

3. ¿Mis mensajes verbales son claros? ¿Mis mensajes van apoyados por un límite conductual firme? A veces para esto es útil grabarse o preguntar a otras personas presentes (familiares, amigos).

 

4. ¿Qué ha aprendido mi hijo de esta interacción?

 

5. ¿Qué haría distinto la próxima vez yo como padre?

 

 

Creo que si se empiezas a poner en marcha estas 5 preguntas inevitablemente mejorarás en tu tarea de “profesor de límites”.

Os invito no obstante a plantear vuestras dudas, consejos o comentarios que os surjan después de leerme.

 

 

 

 

Elena de Miguel

 

 

 

 

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