El enfado: Lecciones de los platos de los gatos

 

 

La emoción de enfado es controvertida. Hay quién no sabe enfadarse o quién se enfada demasiado a menudo.

 

Ya lo decía Aristóteles “enfadarse es muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso ciertamente, no resulta tan sencillo”.

 

A veces resulta útil enfadarse, porque el enfado nos protege de una invasión de nuestros límites. Cuando el enfado sin embargo cumple la función de “demostrar que tengo razón”, quizá no sea tan útil. La mayoría del tiempo no nos paramos a analizar de dónde viene el enfado, que función cumple, que nos lleva a hacer, y quizá como mucho sólo seamos capaces de ver las consecuencias que produce.

 

Para ampliar esta visión, peligrosa, por lo limitada que es, os contaré una historia que puede servir de ejemplo de cómo ampliar nuestra visión, a veces limitada de las cosas.

 

Esta historia la  podéis encontrar en el libro “Mindfulness en la vida cotidiana” de Jon Kabat- Zinn.

 

 

Detesto encontrar los platos de los gatos en el fregadero de la cocina junto a los nuestros. No sé por qué esto me molesta tanto, peor me molesta. Quizá se deba al hecho de no haber tenido ninguna mascota de niño. O quizá a que pienso a que constituye una amenaza para la salud pública (virus y cosas similares, vaya). Cuando decido limpiar los platos de los gatos, primero lavo los nuestros para deja despejado el fregadero y luego los de ellos. El caso es que no me gusta encontrarme los platos de los gatos en el fregadero, y cuando ocurre reacciono de inmediato.

 

 

 

Primero me enfado. A continuación, el enfado se vuelve más personal y lo acabo dirigiendo a quienquiera que piense que es el culpable, que suele ser Myla, mi mujer. Me siento herido porque no respeta mis sentimientos. Le he dicho en infinitas ocasiones que no me gusta encontrarme los platos con comida reseca allí, que me da asco. Le he pedido lo más amablemente que sé que no lo haga, pero con frecuencia lo hace de todos modos. Piensa que es una tontería y que estoy actuando compulsivamente, y cuando va con prisas simplemente  deja los platos de los gatos en remojo en el fregadero.

 

Mi descubrimiento de los platos de los gatos en el fregadero puede terminar en una acalorada discusión, en gran parte porque me siento enfadado y herido y, ante todo, porque tengo la impresión de que mi enfado y mi dolor están justificados, porque sé que yo tengo la razón. ¡Los platos de los gatos no deberían estar en el fregadero! Pero cuando lo están el proceso de construcción del yo llega a ser muy intenso en mí.

 

Recientemente he advertido que esta situación no me saca tanto de quicio. No es que haya hecho nada concreto para intentar cambiar mi forma de relacionarme con ello. Sigo sintiendo lo mismo en relación a que los platos de los gatos estén en el fregadero, pero, de algún modo, también veo toda la situación de un modo distinto, con una mayor conciencia y con mucho más sentido del humor. Ahora cuando ocurre, y sigue ocurriendo con una frecuencia irritante, tomo conciencia de mi reacción en el mismo instante en que tiene lugar y puedo mirarla. “Esto es lo que hay”, me recuerdo a mí mismo.

 

Observo el enfado mientras empieza a emerger en mí. Resulta que va precedido de una leve sensación de repugnancia. A continuación noto como despierta en mí la sensación de haber sido traicionado, que ya no es tan leve. Algún miembro de mi familia no ha respetado mi petición, y yo me lo estoy tomando de manera muy personal. Después de todo, el resto de la familia debería tener en cuenta mis sentimientos, ¿no es así?

 

He aceptado el reto de experimentar con las reacciones que tengo ante el fregadero de la cocina observándolas con gran detalle y sin permitir que determinen mis acciones.  Puedo dar fe de que la sensación inicial de repugnancia no es, ni mucho menos, tan mala; si permanezco con ella, respiro con ella y simplemente me permito sentirla, en realidad desaparece en un par de segundos. También he notado que es la sensación de traición, de que hayan frustrado mis deseos, la que me pone furioso, mucho más que lo platos de los gatos en sí. Así pues, descubro que en realidad no son los platos en sí el origen de mi enfado. Lo cual es muy distinto de los platos de los gatos. ¡Ajá!.

 

Entonces recuerdo que mi mujer y mis hijos ven todo esto de forma muy diferente. Piensan que estoy haciendo una montaña de un grano de arena. Y, si bien intentan respetar mis deseos cuando los consideran razonables, en otros momentos no les parecen razonables y simplemente hacen las cosas a su manera, quizás incluso sin pensar en mí lo más mínimo.

 

Así pues, he dejado de tomármelo de forma personal. Cuando realmente no quiero que los platos de los gatos estén en el fregadero, me remango y los limpio en ese preciso momento. Si  no, simplemente los dejo allí y me voy. Ya no tenemos peleas en relación a esto. De hecho, ahora siempre que me encuentro con esos desagradables objetos en el fregadero, me sonrío. Después de todo, me ha enseñado mucho.

 

 

 

Elena de Miguel

 

 

Escribir comentario

Comentarios: 0